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Editorial del Domingo 30 de Abril de 2017

Iglesia y Estado La Constitución de la Republica comienza con una definición: “Honduras es un estado de derecho, constituido como republica libre, democrática e independiente para asegurar  a sus habitantes el goce de la justicia, la libertad, la cultura y el bienestar económico y social.


Honduras es un estado laico, cuya soberanía radica en el pueblo. Partiendo de este principio laicista se pretende que la Iglesia Católica, no debe emitir su opinión en asuntos que tengan que ver, con la vida de los ciudadanos o las familias.
La laicidad es un argumento que siempre sale a relucir en las discusiones relativas a la discusión sobre el aborto. Como si la Iglesia estuviera descalificada para poder dar orientaciones morales, en un asunto tan vital: nada menos que la defensa del derecho humano primario, que constituye la preservación de la vida humana.
Fue el beato Pablo VI quien afirmó: “el progreso de la justicia es una dimensión constitutiva de la predicación del evangelio”. O sea “que es deber de la Iglesia proclamar la liberación de millones de hombres esclavizados por la pobreza, la enfermedad, el analfabetismo y la injusticia” “porque todas esas condiciones sociales afectan de manera negativa a la dignidad de la persona humana”.
Hay que recordar que la mayoría de  los miembros de la Iglesia, son los laicos, o sea hombres y mujeres, que tienen la categoría de fieles cristianos, que no han recibido un orden sagrado o que no viven en condición de religiosos, reconocido por la Iglesia.
Tienen por lo tanto, los fieles laicos, un carácter secular que les es propio y particular. Por lo tanto, corresponde a los laicos cristianos, por su propia vocación, la búsqueda del Reino de Dios, tratando y ordenando, según los criterios de Cristo, todos los asuntos temporales, que constituyen la actividad en que está inmersa la vida de los hombres en la sociedad humana.
La mayoría de los miembros de la Iglesia viven en el siglo, ejerciendo todas y cada una de actividades y profesiones. De la misma manera que adaptados a las condiciones propias de la vida familiar y social donde transcurre su existencia.
Es en la familia, la economía, la política, el mundo del trabajo etc.  donde deben ejercer  la función de hacer vivos y operantes los valores cristianos, que constituyen la base de los principios como la justicia, la paz, el respeto, la libertad, la solidaridad y el bien común; que son el fundamento donde puede construirse la paz social y el desarrollo integral  de toda persona humana.
Es en el ejercicio de sus respectivos trabajos y en la gestión continua que realizan de la vida social, política y económica de la sociedad, donde los laicos católicos llamados a actuar siempre con espíritu evangélico, contribuyendo a difundir a Cristo para que sea percibido por los demás, por su propio testimonio de vida, al mostrar la actuación de su fe, su esperanza y su caridad.
Los fieles laicos, que constituyen la mayoría de la Iglesia, tienen una alta competencia en los asuntos profanos, deben contribuir con eficacia a que los bienes creados en la sociedad, sean provechoso para todos los hombres y que exista una distribución que sea equitativa, según el plan de Dios.
Los fieles laicos católicos, están llamados a distinguir, los derechos y obligaciones que les corresponden en su condición de miembros de la Iglesia, y aquellos otros que les son propios por su condición de miembros de la sociedad humana.
En todo caso, es importante entender que cualquier asunto temporal, debe ser guiado por una conciencia cristiana, pues todas las cosas, deben estar sujetas al orden que ha establecido Dios, creador de todo lo que existe.
Aunque las preocupaciones por los asuntos temporales, ocupan la mayor atención, de las comunidades. No es correcto y merece ser rechazado el pensamiento que intenta construir la sociedad humana, prescindiendo absolutamente de los principios cristianos, establecidos para que sea posible hacer surgir una convivencia armoniosa y fraternal.
La síntesis entre fe y vida se logra mediante la escucha de la Palabra de Dios, la vivencia de la liturgia del ministerio cristiano, la oración personal, la vida comunitaria. Ello combinado con el ejercicio de las virtudes sociales y la continua formación cultural y profesional para el servicio del prójimo.
Como afirmara el Señor Jesús: “Busquen el Reino de Dios y si justicia… lo demás vendrá por añadidura”.

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