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Atender a pobres y oprimidos pide monseñor Guido a sus sacerdotes

Atender a pobres y oprimidos pide monseñor Guido a sus sacerdotes “No nos dejemos robar nuestro sacerdocio. Vivámoslo con nuestra respuesta de amor al amor infinito de Jesús que nos ha escogido para ser sus representantes en la tierra y sus servidores en favor del pueblo” Monseñor Guido Charbonneau.


Héctor Espinal
heroes207@yahoo.es
Foto: óscar Rodríguez
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Monseñor Guido Charbonneau celebró  la  Misa Crismal en la Catedral de la Diócesis de Choluteca,  donde  pronunció su homilía sobre la identidad del sacerdote a todos los miembros del clero y a todos los feligreses que llegaron de las diferentes parroquias.  En  su mensaje les dijo que no solamente bendecía los óleos y consagraba el santo crisma, sino que también celebramos a los sacerdotes, que usan estos óleos para algunos sacramentos.
Hoy quiero hacer una reflexión sobre la identidad del sacerdote. ¿Qué es un sacerdote? ¿Será un ángel? ¿Será un santo? ¿Será sólo un hombre? Nos dice el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros: “El sacerdote es elegido, consagrado y enviado para hacer eficazmente actual la misión eterna de Cristo, de quien se convierte en auténtico representante y mensajero” (# 8).

Elegido, consagrado y enviado por Dios. Ha sido elegido, no porque sea mejor que los demás hombres, sino por puro amor gratuito de Dios. A él se aplica lo que dijo Jesús a los apóstoles en la última cena: “No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca” (Jn 15,16).

Es un consagrado: el día de su ordenación sacerdotal, este hombre ha sido consagrado a Dios, ha recibido la unción del Espíritu Santo, como Jesús la recibió: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”. El obispo le ungió las manos con el santo crisma y con estas palabras: “Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y ofrecer a Dios el sacrificio”.
Es un enviado, como Cristo, “para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor”. El sacerdote tiene una misión amplia, que continúa la misión de Cristo Profeta, Cristo Sacerdote, Cristo Rey. El sacerdote tiene por misión evangelizar a las personas en su situación concreta, dar una atención preferencial a los pobres, a los enfermos, a los presos, a los oprimidos, ofrecer al Pueblo el auxilio de los sacramentos, signos de salvación, y conducir el Pueblo de Dios hacia su realización completa en el Reino de Dios. Al ser consciente de su identidad, el sacerdote ve la explotación, la miseria o la opresión, la mentalidad secularizada y relativista que pone en duda las verdades fundamentales de nuestra fe, o muchas otras situaciones de la cultura postmoderna como ocasiones para ejercer su ministerio de pastor llamado a anunciar el Evangelio al mundo (Idem, 7). El sacerdote es un pastor, a imagen del Buen Pastor.
Es también un hombre de comunión: comunión con la Santísima Trinidad y con Cristo, comunión con la Iglesia, comunión con el Papa y con el propio obispo, comunión en el presbiterio, comunión con las hermanas religiosas, comunión con los laicos y laicas. En particular, el sacerdote debe cultivar la fraternidad sacerdotal. Dice el Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros: “La fraternidad sacerdotal, expresión de la ley de la caridad, no se reduce a un simple sentimiento, sino que es para los presbíteros una memoria existencial de Cristo y un testimonio apostólico de comunión eclesial” (Idem # 37).
Es una vocación sublime la del sacerdote. “Su vida es un misterio insertado totalmente en el misterio de Cristo de un modo nuevo, y esto lo compromete totalmente en el ministerio pastoral y da sentido a su vida” (Idem, 6). Como sacerdotes, no debemos buscar fuera de nuestro sacerdocio la felicidad que nos da Cristo plenamente en el sacerdocio, porque hemos sido configurados con él y él no nos abandonará nunca.
Hoy es la ocasión de dar gracias al Señor por el misterio del sacerdocio y el ministerio de los obispos, de los sacerdotes y de los diáconos. Y pido al pueblo de Dios: oren por sus sacerdotes, colaboren en sus iniciativas apostólicas, háganles sentir que no están solos, que hay toda una comunidad de amor que los apoya. Amén.

El sacerdote tiene que estar siempre consciente de su consagración, que es para siempre y que tiene que vivir en todas las dimensiones de su vida. No puede manchar sus manos con el pecado. Es pecador, por cierto, pero se le ofrece a él como a todos los fieles el sacramento del perdón para convertirse más al Señor. Y como consagrado, merece el respeto, la estima y el amor de todos los fieles. Que ningún fiel cristiano sea ocasión de pecado para ningún sacerdote. Hemos dejado nuestra propia familia para formar parte de la gran familia sacerdotal. Les ruego a cada uno que ponga de lo suyo para hacer crecer la fraternidad sacerdotal en nuestra diócesis de Choluteca.
Guido Charboneau
Obispo de Choluteca

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