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Testigos Diac. Carlos  E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com Un testigo es una persona que da fe de algo, y goza de credibilidad por haber estado presente en algún acontecimiento, o por haber descubierto algo gracias a sus investigaciones, o por haber llegado, a su vez, a fuentes de entero crédito.


En la ley mosaica se concedía gran importancia a los testigos: “Un solo testigo no basta para la culpabilidad de un hombre en cualquier clase de falta o de delito que sea. La sentencia se apoyará en la declaración de dos o tres testigos, cualquiera que sea el delito” (Dt 19, 15).  Al evolucionar la legislación judía se estableció la necesidad de recurrir a varios testigos para probar no sólo delitos, sino para dar testimonio sobre cualquier hecho o fenómeno. Al mismo tiempo, y en base al decálogo, se castigaba severamente el falso testimonio.
En nuestros días es fundamental la declaración de los testigos, pero también se admiten pruebas periciales y de carácter científico o tecnológico, para establecer la verdad.
La resurrección del Señor Jesús se produjo de noche, antes del amanecer del primer día de la semana (domingo). ¿Cuáles fueron los testigos? ¿Tenemos acaso otras pruebas adicionales?  Los primeros testigos fueron los soldados romanos que custodiaban el sepulcro. Narra el primer evangelio que un ángel bajó del cielo “e hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un  rayo y su vestido blanco como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos”, mientras las mujeres comprobaban que el sepulcro estaba ahora vacío (Mt 28 2-4). Luego indica que “algunos guardas fueron a la ciudad y contaron a los sumos sacerdotes todo lo que había ocurrido” .Agrega que éstos los sobornaron para cambiar su versión. (Cfr. Mt 28, 11-15). Los cuatro evangelios son unánimes en decir que unas mujeres estaban allí en ese momento y que otras llegaron poco después. El ángel también daba testimonio de lo ocurrido. Lucas menciona que había dos ángeles (Lc 24, 4).
Por su parte San Pablo afirma que el Señor “se apareció a Pedro y luego a los doce. Se apareció también a más de quinientos hermanos, de los que la mayoría vive todavía”. Agrega que se apareció a Santiago, otra vez a los apóstoles y “también se me apareció a mí” (Cfr. 1 Cor 15, 1-11).
Los cuatro evangelios y los Hechos de los Apóstoles describen esas diversas apariciones del Señor, hasta el día de su ascensión a los cielos.
Adicionalmente se habla de algunos fenómenos en el momento de la resurrección y luego de ella: “Hubo un gran terremoto” (Mt 28, 2). Jesús aparece aún con las puertas cerradas y desaparece. Lucas indica que “después de su pasión se presentó ante ellos, dándoles muchas pruebas de que estaba vivo; se apareció durante cuarenta días” (Hch 1, 3). En una de estas ocasiones Jesús dijo “Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29). Y anteriormente, orando por sus discípulos, había dicho a su Padre “No ruego sólo por ellos, sino también por los que crean en mí, a través de su palabra” (Jn 17, 20).   Y esa palabra se convirtió en el anuncio fundamental, en el “kerigma”, que proclamaba que Jesús se había encarnado, padecido y muerto para redimirnos y a que al tercer día había resucitado.
Desde entonces miles de millones hemos creído en Él. Algunos incluso, tanto en el pasado como en la actualidad, han llegado a derramar su sangre para avalar su fe. Recordemos que la palabra “mártir”, tomada del griego, significa “testigo”.
Amigo, esto es muy serio, Ud. y yo, como bautizados, somos testigos de la resurrección del Señor.

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