Caminar Punto de Vista

La misericordia de Dios

La misericordia de Dios
Por desgracia sucedió el primer lunes de Pascua, un día después que la Iglesia pronunció este año el feliz grito de la Resurrección del Señor Jesús; pero así tenía que suceder, pues la Iglesia ya conoce sus temores y temblores por el honor y la distinción de ser depositaria de la revelación de Dios y del magisterio a ella encomendado. La conversación en un foro televisivo entre un pastor, un político socialista y dos periodistas, frente al convocador del foro, también periodista, desembocó en lo que llamaron las riquezas y la corrupción de la Iglesia, tema éste que desde la misma entraña de la Iglesia está siendo investigado por el Papa Francisco. Como no quiero pecar, limitaré mis opiniones a aquellas que puedo afirmar sin peligro de ofender, mentir o especular. Quien generaliza ignora qué significa ser diferente y que ser diferente no implica autenticidad; son la singularidad histórica y la tradición, en este caso, las que constituyen originalidad y particularidad, y, éstas sí, son signo de autenticidad. Es que no se trata de abrogarse el nombre, sino de tener partida de nacimiento y compartir el ADN del fundador en los milenarios altares desde los inicios de todo. Es éste uno de los signos principales. Y su raíz, la enseñanza de los apóstoles, que en un hilo interminable ha dado la vuelta al mundo e, incluso, ha orbitado la tierra. Es un hecho conocido que la evangelización de América se inició con la primera misa celebrada por Fray Alejandro en tierra firme del continente americano el 14 de agosto de 1502, en el cuarto viaje de Cristóbal Colón, según el historiador José Reina Valenzuela.
En abril de 1994, tres astronautas: Thomas D. Jones, el Comandante Sidney “Sid” Gutiérrez  y Kevin Chilton, piloto, viajaban en la nave espacial Endeavour. Jones, que es Ministro Extraordinario de la Eucaristía había conseguido llevar unas hostias consagradas en un porta-viáticos apropiado.  El domingo que estaban en el espacio, dos semanas después de Pascua, los tres se reunieron en la cabina de vuelo para comulgar. En ese momento “los tres agradecimos a Dios por las vistas de Su universo, por la buena compañía y por el éxito que habíamos tenido hasta ahora”, recuerda Jones. Esta no fue la única vez que alguien ha comulgado en el espacio, pues en el año 2013 el astronauta Mike Hopkins llevó al espacio seis hostias divididas en cuatro pedazos. Para hacer esto obtuvo el permiso de la diócesis de Galveston, Houston. Las consumió durante las 24 semanas que estuvo en el espacio.
La Iglesia es del Altísimo Dios y sus raíces están sembradas en el jardín celestial, por donde pasea Dios mismo con Sus hijos ya recuperados y les consuela con Su inefable amor, les comparte delicias jamás imaginadas y les concede la paz imperecedera. Misterios inenarrables para ausentes, pero no para presentes. Pero tratando de cosas de la Iglesia terrenal, es preciso recordar que las ofrendas y donaciones que la Iglesia recibe son voluntarias y se invierten en la inconmensurable labor que por toda la tierra desarrolla en favor de toda la humanidad, incluyendo a todos sus críticos. La Iglesia Católica, SOLAMENTE EN AMÉRICA, sostiene: 15,788 Escuelas maternas, 22,562 Escuelas primarias, 11,053 Escuelas secundarias, 1,669 Hospitales, 5,663 Dispensarios, 38 Leproserías, 3,839 Casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos, 2,463 Orfanatos, 3,715 Jardines de infancia, 4,827 Consultorios matrimoniales, 13,652 Centros de educación o reeducación, 4,239 Otras instituciones. Y Cáritas Internationalis, una confederación de 162 organizaciones católicas de asistencia, desarrollo y servicio social, sin tener en cuenta la confesión, raza, género o etnia, de sus beneficiarios, trabaja en la construcción de un mundo mejor para los pobres y oprimidos, en más de 200 países y territorios. Las razones que mueven esta maravilla son de absoluta misericordia de Dios. Pero lo más importante de todo es que las catedrales, iglesias, edificaciones en general que le sirven para realizar toda su labor humanitaria, sus obras de arte de valor incalculable, murales, vehículos y demás bienes, no pertenecen más que a la humanidad que se sirve de ellos. No hay manera posible, legal, institucional, moral, ética o de otro tipo, que pueda esgrimirse para que alguien firme un documento de compra venta por tan solo uno de estos bienes. Es más, la riqueza mayor que tiene la Iglesia son sus pobres, entre los que nos contamos todos, los que leen, quien escribe y aun los que critican. Paz y Bien.

A %d blogueros les gusta esto: