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Homilía del Domingo 23 de Abril de 2017

Homilía del Señor Arzobispo para el segundo Domingo de Pascua “Al anochecer de aquel día, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo” (Jn. 20, 19-31) Lo primero que se pone de relieve, es la situación de la primera comunidad después de la muerte de Jesús: “con las puertas cerradas por miedo”.

Esta expresión manifiesta el miedo y la inseguridad en que vivían los discípulos, porque no tenían la experiencia interior de Jesús Resucitado. Se encuentran encerrados por miedo.
“Al anochecer de aquel día”. La oscuridad y el miedo envolvían a aquellos que habían creído y habían seguido a Jesús. ¡Qué desilusión! Les quedaba la tristeza y el miedo a las autoridades judías. Ese miedo fue lo que hizo cerrar todas las puertas, Pero Jesús Resucitado atraviesa las puertas cerradas. El miedo de los discípulos no le detiene a la hora de atravesar las puertas cerradas y desearles la paz.
Con frecuencia, también nosotros tenemos nuestras puertas cerradas. Es nuestro modo de blindarnos para protegernos y salir adelante. ¿Cómo quitar los cerrojos, y abrir mi puerta a Él? Podemos imaginarnos que Jesús entra hoy en nuestra casa y abre todo lo que está cerrado para que vuelva a la Vida. Ciertamente, es el miedo lo que nos cierra a la Vida.  El miedo es el mayor enemigo de la vida. El miedo nos paraliza y nos impide amar de verdad. En el fondo de muchas de nuestras dificultades personales y relacionales está el miedo.  ¿Por qué tantos miedos? Hay muchos miedos entre nosotros, en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia. ¿Por qué permanezco todavía “con las puertas cerradas por miedo” si Él ha resucitado? ¿Dónde está esa puerta que el Resucitado espera que yo le abra?
“Y en esto entró Jesús y se puso en medio”… Entró Jesús y la noche se convirtió en día, entró Jesús y los liberó del miedo y de la angustia. Ante su Presencia los acobardados se llenan de audacia; los tristes se llenan de alegría; los desencantados recuperan la esperanza… También dice que Jesús se puso “en medio”, es decir, en el centro de la comunidad. Toda comunidad se hace en referencia a Jesús, el Señor. Que sólo Él ocupe el centro de nuestras comunidades y de nuestras vidas. Que sólo Él sea la fuente de nuestra vida, de nuestra alegría y de nuestra paz.
“Jesús les dijo: Paz a Ustedes”. Es como si les dijera: dejen sus miedos, dejad de dar vueltas a vuestras frustraciones, dejen el negativismo, dejen ya sus tristezas… “Paz a Ustedes”… Paz es poder sentirse reconciliado con uno mismo, con Dios y con todos. Paz es escuchar interiormente: “Tú eres amado”. Si algo necesitamos hoy, si algo necesita nuestra sociedad y cada uno de nosotros es la paz. Necesitamos vivir pacificados interiormente, y sólo la certeza de su Presencia puede llevarnos a la paz. Sí, Él es el camino que nos lleva a la paz, a una paz profunda. Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia, Cristo ofrece la paz, un camino de paz.
”Paz a Ustedes” Que quiere decir también: a partir de ahora permanecer en la paz… En cualquier situación, en cualquier circunstancia que atraviesen, aunque sea difícil y dolorosa, permanezcan en la paz. Nada podrá destruir mi amor por Ustedes. ¿Qué ha sido de esa paz que Él nos dejó? ¿Por qué vivo lleno de miedos y obsesionado con mis problemas?
“Y les enseñó las manos y el costado”. “Las manos” de Jesús son las manos que nos dan seguridad. Jesús Resucitado extiende su mano de apoyo sobre nosotros. Las manos representan su actividad liberadora, (son las manos que han levantado a los paralíticos, que han tocado los ojos de los ciegos, que han dado vida a los muertos), las manos son los signos de la fuerza sanadora de Jesús… ¿A quién, como Jesús, quisiéramos apoyar con nuestras manos? ¿A quién quisiéramos mostrar nuestro corazón, nuestro amor y nuestra benevolencia?
Les enseñó también el costado que es el símbolo de su amor sin límites. Su costado, para nosotros, es el amor con que Jesús nos ha amado y quisiéramos que ese amor lo impregne todo y transforme nuestro corazón.
“Ellos se llenaron de alegría al ver al Señor”. El encuentro con el Resucitado es una experiencia de alegría ¿Que me queda de esa alegría? ¿Quién, sino Él, el Resucitado, puede llenar mi corazón de alegría?, esa alegría que nadie puede arrebatarme.
“Como el Padre me ha enviado, así les envío yo”. Y ahora viene el gesto impresionante: “Exhaló su aliento sobre ellos… Reciban el Espíritu Santo”. Jesús exhala su aliento sobre sus discípulos y, de esta forma tan tierna, le transmite su Espíritu. Es su Espíritu, su Aliento de Vida, con el que ha vivido, con el que ha actuado, con el que ha hablado y nos ha amado. “Exhalar el aliento” (en la cultura bíblica) significa dar lo más profundo que tenemos. Jesús exhala su Amor sobre sus discípulos y discípulas y también sobre nosotros. En nuestro aliento ya no sólo respiramos aire, sino el Amor de Dios.
El Evangelio de hoy culmina con el gesto del perdón: “A quienes perdonen los pecados…”. El camino de Jesús se vuelve gracia creadora de perdón y de liberación. Este es el gran problema del mundo: no hay perdón; y sin perdón no hay futuro para el mundo ni para nadie.
En este día nuestra oración podía ser: Tú, Señor Resucitado, eres más fuerte que nuestras resistencias. Te haces presente en medio de nosotros: nos das tu Paz, llenas nuestro corazón de alegría y nos comunicas el aliento de tu Vida.
Ven, y aunque encuentres cerradas las puertas de nuestro corazón, entra, danos tu paz, y refuerza nuestra frágil esperanza.

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