Despenalizar un crimen

Despenalizar un crimen P. Juan Ángel López Padilla Aunque ha habido varios pronunciamientos a lo largo de esta semana, respecto de la intención de algunos grupos, mal llamados feministas, en relación a la búsqueda de presentar un anteproyecto ante el Congreso Nacional,

que posibilite el aborto legal en Honduras, en contra de los principios fundamentales contenidos en la ley natural, me parece muy oportuno añadir algunos elementos, que desde mi consideración como ser humano y como sacerdote, me siento en la obligación moral de verter.
Suficiente sangre corre, por los barrios y colonias de nuestra empobrecida Honduras, como para pretender que, añadiendo vías, completamente erradas, por los que se pretendería facilitar y legalizar un asesinato, nos desarrollaríamos como colectivo humano, como nación o como estado. Ninguna nación, alcanzó ninguna clase de progreso real, favoreciendo el asesinato de sus hijos.
Los argumentos, que esgrimen estos grupos que son expertos en camuflarse de mil maneras y multiplicarse con los mismos miembros, pero con nomenclaturas muy creativas, son los mismos desde hace décadas y los eufemismos están a la orden del día. Llamar terapéutico a lo que no sana, sino que mata, es no sólo una falacia, sino una cobarde manifestación de la pobreza de criterios con los que a veces queremos justificar, lo injustificable. Dígase lo mismo, con sus matices, de la famosa eugenesia.
El control natal, es legítimo, cuando se ampara en el equilibrio nacido del respeto de los ciclos de fecundidad femeninos, pero ampararse en cualquier tipo de mecanismo artificial para alcanzar este fin, es contrario no sólo a la naturaleza sino a la dignidad de la persona.
En nuestro mundo, son demasiados los discursos en los que quienes esgrimen sus intereses económicos o ideológicos, se escudan en presentarse como seguidores de esta o aquella doctrina de manera acomodaticia.
Para el caso, es increíblemente deplorable que por el hecho de que yo diga o ponga como nombre propio, lo que es un adjetivo, termine queriendo hacer uso de una doctrina que ante todo defiende la vida, como el cristianismo, para llamar cristiano, a lo que nunca lo será, ni remotamente. Decirme cristiano y no defender el principio fundamental de que la vida comienza con la concepción y esta es inviolable, es, insisto, no sólo una contradicción sino una vil mentira.
Esto, sin embargo, no es nada nuevo. Son muchos, yo diría demasiados, los grupos que se escudan en palabras que les quedan demasiado grandes, como libertad, verdad, transparencia, honestidad, etc., pero lo más grave, es cuando llaman derecho a lo que nunca debe ser considerado como tal.
En nuestra patria el recurso a los mal entendidos “derechos” es lo que nos tiene en las condiciones de polarización y división, en las que vivimos. El día que alguien, y ojalá fuesen los que legislan, los que juzgan y los que dirigen, se atreviesen a pensar más en sus deberes que en sus derechos, las cosas cambiarían a niveles que sólo podemos soñar.
Es deber de todos y cada uno de los que tenemos la dicha de llamarnos cristianos, y tratar cada día de serlo según el corazón de Dios, defender la vida, desde su inicio hasta su fin natural. Así que, por respeto a la sangre de Cristo, les exigimos a esos grupos que se están llamando ecuménicos a sí mismos, que dejen de defender un crimen.

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