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Pecadores pero amados

Pecadores pero amados Jóse Nelsón Durón V. Es difícil encontrar el ángulo preciso para describir con precisión la ambigüedad de sentimientos que seguramente despertó la escena del acontecimiento que este domingo, hace veinte siglos, se extendió sobre algunas calles de Jerusalén y finalizó en el Gólgota.

Escenificación espiritual compleja, aún desde el otero mental de quien se la imagina, en que se conjuntan negaciones, burlas y aceptaciones, así como sorpresas que aquel Hombre-Dios fue suscitando en las almas de sus discípulos, sus familiares, amigos de infancia y amigos de convicción, así como de quienes, como los romanos, los indiferentes y los increyentes, fueron viéndose obligados a reconocer ante la divina taumaturgia que empleó para que se convencieran los más duros y más suspicaces incrédulos. No fue su intención y propósito convencer, sino amar; la mayoría de los actos más sublimes y notorios, que ahora llamamos milagros, fueron actos de amor y su cantidad y ocurrencia no fueron excesivas si consideramos el lapso en que sucedieron: unas dieciocho curaciones de enfermedades físicas, cuatro exorcismos de posesiones diabólicas, algunas intervenciones sobre la naturaleza (conversión del agua en vino, la tempestad calmada, caminar sobre las aguas, multiplicación de los panes, pesca milagrosa, la moneda en la boca del pez, la higuera secada) y tres resurrecciones: Lázaro, querido amigo cuya muerte le hizo llorar, la hija de la viuda de Naim y el hijo del funcionario real.
Entre los escritores del Nuevo Testamento hay variaciones en la referencia a estos actos milagrosos; San Pablo no se atreve a mencionarlos (Rom 5,18) y su única referencia es afirmar que sus esfuerzos han sido hechos “en virtud de señales y prodigios, con el poder del Espíritu Santo” (Rom 5,19); por su parte, san Pedro (He 2,22) se limita a rebajar la condición divina de Jesús a su sola calidad humana al decir: “Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús, el nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis…”, en lo que se llama Cristología baja, al presentar al Señor Jesús desde un punto de vista sustancialmente humano; mientras los evangelistas san Mateo ( 8, 16) y san Marcos (caps. 1 y 3), aluden a numerosas intervenciones sobre enfermos y endemoniados. Los escribas, por su parte, lo acusan de realizar milagros en nombre de Belcebú (Mc 3,2 y ss) y San Juan únicamente relata siete: la conversión de agua en vino en las Bodas de Caná por solicitud de Su madre, María; la curación del hijo de un funcionario real; la curación del enfermo en la piscina de Betesda; la multiplicación de los panes; caminar sobre el agua y subirse a la barca de los discípulos; curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.
San Juan pone la atención sobre signos importantes que trascienden la historia que se estaba y continúa escribiéndose, para centrarla sobre su significación espiritual y simbólica: el inicio de la acción del Señor Jesús por la intercesión de Su Madre en favor de una pareja recién casada, a quien le concede sobrellevar sus limitaciones con vino de la máxima calidad sacado del agua, para atender sus invitados y ganar en dignidad. Irrumpe en la gloria militar romana al desechar el cuerpo a cuerpo de la guerra invasora y curar desde lejos al hijo del funcionario (probablemente se trata del que san Mateo y san Lucas mencionan como siervo de un Centurión), inspirando la ubicuidad del amor. Prosigue san Juan con la curación en día sábado del enfermo en la piscina de Betesda (Jn 5, y ss.), que tenía treinta y ocho años de serlo, a quien afirma, “conviértete y no peques más”. Después san Juan escribe el discurso del pan de vida e inicia multiplicando los panes para la muchedumbre que le seguía, como anticipo de la institución de la santa Eucaristía en que se nos revela como Pan de Vida que compartirá para siempre en el santísimo Sacramento del Altar. Pan cocido en el duro sufrimiento en la Cruz y Vino que brota de Su costado traspasado para librarnos de la consecuencia de nuestros pecados por el único motivo de Su amor. Como a Lázaro, a quien amó y resucitó, Él nos ama y resucitará. Somos pecadores, pero somos amados.

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