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Homilía del Domingo 16 de Abril de 2017

Homilía del Señor Arzobispo en el Domingo de Resurrección
“Anunciamos tu muerte y proclamamos tu Resurrección, Señor Jesús”

Queridos hermanos y hermanas:
“CRISTO HA RESUCITADO. ALELUYA”
Estaban satisfechos los enemigos de Jesús porque creían que todo había terminado.  Jesús se había convertido en una pesadilla para ellos.  Ahora, ya están tranquilos.  También los amigos de Jesús creían que con su muerte había llegado el final.
La fe de todos se tambaleó.  Sólo María, la Madre de Jesús, se mantuvo firme, sin ninguna sobra de vacilación.  Es la fe de María.
María Magdalena no hacía más que llorar.  Para ella nada tenía ya sentido.  Jesús ya no está con ellos.  Su cadáver está en el sepulcro.  Ella hacía poco tiempo que había derrochado una fortuna para ungirle con perfume.  Judas la criticó y Jesús la defendió porque le había perfumado proféticamente ungiéndole para la sepultura.
Los apóstoles se fueron.  Y María quedó junto al sepulcro, llorando…”Se volvió hacia atrás y vió a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús.  Jesús le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. -“María”. –“Maestro” (Jn 20, 11).
Cristo se aparece a una mujer, porque como fue una mujer la causa del pecado de Adán, ha de ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por tanto, la liberación del pecado.
“Jesús le dijo: “Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis hermanos y diles que subo al Padre mío y vuestro” (Jn 20, 17).  María deja alejarse a su Amado.
San Juan de la Cruz cantará con voz sublime el alejamiento del Amado: “¿Adónde te escondiste, Amado, -y me dejaste con gemido? -Como el ciervo huiste – habiéndome herido, – salí tras de ti clamando- y eras ido”.
Otra vez María en busca de los discípulos.  El amor es activo, no puede estar quieto.  “Qui nom zelat nom amat”, dice San Agustín.  El encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarle.
La experiencia de la belleza y del amor impone psicológicamente la comunicación de lo que se experimenta, de lo que se goza.  Por eso sólo puede anunciar a Cristo con fruto, quien ha experimentado su amor.
Los apóstoles son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el que bien conocían, vivo entre ellos después de la resurrección.  Vieron que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos, conversando con ellos, comiendo con ellos.
No anunciaron una idea de la resurrección, sino al mismo Jesús resucitado, con una nueva vida, que no era retorno a la mortal, como Lázaro, sino inmortal, la vida de Dios.  Ha vencido a la muerte y ya no morirá más.
Pedro, testigo de la resurrección, repite una y otra vez: “que lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver a nosotros que hemos comido y bebido con Él después de la resurrección.  Los que creen en Él reciben el perdón de los pecados” (Hch 10, 34).
En consecuencia: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra” (Col 3, 1).
Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la resurrección habría sido inútil.  María Magdalena hizo, como Juan y Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar.  Es el mejor remedio para curar la depresión San Ignacio aconseja “el intenso moverse” contra la desolación (EE 319).  De esta manera, la sabia colaboración de todos, ha conseguido la manifestación de Cristo Resucitado.
Para finalizar, permítanme una reflexión final sobre la fidelidad de Dios fidelidad a la vida en la Resurrección de su Hijo Jesucristo, que genera, indefectiblemente, nuestra fidelidad.
Ser siempre fiel es fruto especialmente de la gracia de Dios correspondida.  Serlo hasta la muerte, es fruto de los frutos de ella, acompañado de nuestra generosa correspondencia.
Dios es quien crea en el alma la grandeza necesaria, que es condición indispensable para la fidelidad; sobre todo nos concede a diario el don de su fortaleza para perseverar en ella; la fidelidad no necesita poesía, pues un alma fiel es el más delicioso poema que puede contemplarse aquí en la tierra.
A la fidelidad le sobran imaginaciones bonitas o los discursos bien cortados; la mayoría de las veces es una virtud callada y humilde que se identifica con las obras.
Esto no quiere decir que no sea una virtud noble y de héroes: incluso es tan extraordinaria que pocas veces la encontramos en el corazón de los hombres, y la razón es que su práctica requiere un extraordinario juego de virtudes practicadas en grado heroico que superan la naturaleza humana: amor, desprendimiento, bravura, nobleza, vigilancia, magnanimidad, generosidad.
El mensaje redentor de la Pascua no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior, sin embargo, se realiza de manera positiva con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu, la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz – suma de todos los bienes mesiánicos -, en una palabra, la presencia del Señor Resucitado.  San Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto: “Si habéis resucitado con Cristo vuestra vida, entonces os manifestaréis gloriosos con Él” (Col. 3, 1-4).
¡Como quisiera que este mensaje Pascual quedara grabado en nuestro corazón como programa que sintetizara nuestra condición de discípulos de Cristo!
¿Cuántos conflictos personales por olvidarnos que somos ciudadanos del cielo, que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, que nuestra fuerza y móvil único es Cristo, que cuando hay en la tierra nos debe de saber insípido si no dice relación a Cristo, que los pequeños sufrimientos, humillaciones, trabajos, fatigas, penalidades, son preciosas por permitirnos participar de su muerte y sepultura y así tener parte también en la vida nueva!
Por eso: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ven Señor Jesús”.

Homilía del Señor Arzobispo para la Vigilia Pascual
“Que el Señor resucitado nos llame esta noche a recibirle en la Eucaristía”
Queridos hermanos y hermanas:
Ya de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra del sepulcro, y se sentó encima” (Mateo 28, 1).
“María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, al mirar vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande.  Entraron en el sepulcro y vieron un joven sentado a la derecha, vestido de blanco: “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí.  Ha Resucitado.  Mirad el sitio donde le pusieron” (Lucas 24, 1).
Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo (Misal Romano, Vigilia Pascual, pregón).  ¡Jesucristo ha Resucitado ¡
Esta es la nueva noticia que la Iglesia en Tegucigalpa, en comunión con la Iglesia universal, proclama a sus hijos: los creyentes y hombres de buena voluntad.  Este anuncio gozoso es la invitación a participar en la Pascua del Señor, el paso de la muerte a la vida en Dios.
En efecto, sólo la noche fue testigo del misterio central de nuestra fe: la resurrección del Señor.  Nosotros, en esta noche santa, participando en la solemne Vigilia podemos decir con firmeza y seguridad: ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? Ha Resucitado (Lc 24, 5-6).
El misterio de la resurrección de Jesucristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, No. 639); por la fe somos testigos de la resurrección y podemos anunciarla a todos los hombres, tal como hemos leído los textos de los Evangelios que nos relatan el hecho del encuentro de las mujeres con el sepulcro de Jesús vacío.  Pero ellas aún no creen en la Resurrección.  La certeza de la Resurrección de Jesús no se basa, pues, sobre el sepulcro vacío, sino sobre un encuentro con Cristo vivo.
Marcos nos relata que el joven vestido de blanco, después de serenar las mujeres para que no se asustasen, les dice que están buscando a Jesús donde no está.  A Dios hay que buscarle donde está: En la Eucaristía, en los Sacramentos, en la Iglesia y en los pobres, que somos todos.
¿Qué es lo que el Evangelio no nos dice,  porqué no nos lo puede decir?
La felicidad del encuentro de Cristo resucitado con su Padre. Maravilla y misterio que excede toda nuestra capacidad humana.
Es el encuentro del primer hombre resucitado con su Padre Dios, que nos lleva a imaginar desvariando, cuál será el encuentro de cada cristiano, hijo de Dios, tras la muerte.  El abrazo apretado y largo del padre a su hijo pródigo, sus lágrimas de emoción y de alegría, sus palabras de bienvenida a su casa, son el anticipo que Cristo nos dibujó de nuestro encuentro resucitado en nuestra llegada a la casa del Padre, que mientras nos abraza con fuerza, nos dice: ¡Oh, amada oveja mía!  No te soltaré de mis brazos, deseaba intensamente que llegara este momento, porque eres mi amor, mi encanto, mi delicia.
“Mis ovejas obedecen mi voz, yo las conozco y ellas me siguen; yo les doy la vida eterna y nadie me las arrancará de la mano…Nadie puede arrancar nada de la mano del Padre.  Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 27). “Venid, benditos de mi padre” (Mt 25, 34).
Bien podemos decir e imaginar y pensar lo que Cristo nos ama cuando hemos meditado y celebrado y contemplado estos días pasados tanto dolor y tanta sangre, tanto sufrimiento y desgarro, para que llegue ese día y esa hora a cada hombre que viene a este mundo.
Hasta que el cristiano no tiene un encuentro con Cristo vivo, seguirá viviendo en la mediocridad.  Pero tampoco es necesario que ese encuentro sea un epifenómeno místico.  Basta que sea auténtico, íntimo y personal.  Ese sólo la oración lo prepara, con destellos de consuelo, o con lágrimas de gozo, o con tinieblas de angustia que anuncian la consolación tras la desolación.
Esta Buena Nueva de la Resurrección de Jesucristo nos ha sido dada en el bautismo.  Pues los bautizados nos incorporamos a Cristo.
Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así, como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva (Rm 6, 4).
El bautismo es como una iluminación, que, haciendo caer sobre nosotros el rayo vivificante de la verdad divina, nos abre el cielo, nos esclarece la vida terrena, nos capacita como hijos de la luz hacia la visión de Dios, fuente de eterna felicidad (Pablo VI, Encíclica sobre los caminos que la Iglesia Católica debe seguir en la actualidad para cumplir su misión “Ecclesiam suam”, No. 18).
Este primer sacramento de la iniciación cristiana es una luz que ilumina nuestras conciencias.   Nos hace conscientes de quienes somos.  Nos descubre la misión a la que estamos llamados.
Por ello, San Pablo escribe a los Efesios: En otro tiempo Ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor.  Pórtense como hijos de la luz.  Y más adelante concluye: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo (Ef 5, 8.14b).
En Cristo la muerte ha sido derrotada por la muerte.  Jesús muriendo y resucitando ha destruido los límites que sofocaban la vida.  El pecado ha sido vencido.  Sin embargo, el misterio de la iniquidad sigue acompañando la existencia humana hasta el último día.
En el centro de este misterio irrumpe con fuerza el poder de Dios: Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado con la muerte de Cristo.  ¿Feliz la culpa que mereció tal Redentor! (Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón).  El pecado no tiene ya un poder total sobre nosotros, ha sido vencido en Cristo.
Los bautizados hemos sido incorporados a este triunfo y lo hacemos presente en nosotros cada vez que actualizamos y participamos en el misterio de la muerte y resurrección del Señor: Considérense muertos al pecado y vivos para Dos en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rm 6, 11).
En Cristo Resucitado, muerte y pecado ya no son el horizonte trágico de la existencia humana.  Al recibir las aguas del bautismo, nuestra vida ha sido implantada en Cristo.
Por Él es introducida en el designio pleno de la sabiduría y del amor de Dios.  En adelante, el pecado y la muerte ya no atemorizan más al hombre porque pertenecen a la antigua condición humana que ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud del pecado (Rm 6, 6).
La humanidad ve realizado, así, por el amor de Dios, el mayor de todos los anhelos, la principal esperanza: una tierra y cielos nuevos, un mundo sin luto y sin lágrimas, donde reine para siempre la paz y la justicia, la alegría y la vida.  Un lugar donde ya no haya sitio para el mal.  La resurrección de Jesús es la invitación de Dios para entrar en este mundo nuevo.
A diferencia de la vida natural que nos ha sido dada sin nuestro consentimiento, en la nueva existencia se puede entrar solamente, con una adhesión consciente y libre a la propuesta de Dios mediante la conversión y el bautismo.
Así, para cada uno de los creyentes, la Pascua es el paso de vivir sometido a condiciones ajenas al propio ser del hombre, a vivir participando en la vida de Dios.
Bautizados en la muerte y en la resurrección de Cristo, los cristianos debemos aprender a caminar en la novedad de esta vida, viviendo conforme a nuestra dignidad: ser hijos de Dios.
Durante toda nuestra existencia vamos configurándonos con Cristo, el hombre nuevo. Nuestro crecimiento en la fe manifiesta la adecuación de nuestras vidas a esta nueva existencia que Dios nos ofrece.  Signo de esta voluntad divina es la alianza que Dios sella con el hombre por la sangre de Cristo.
La alianza pascual consiste en la fidelidad a la voluntad expresa del Señor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser.  Amarás al prójimo como a ti mismo.  En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas” (Mt 22, 37. 39-40).
El mandato del amor se modula en cada persona y en cada comunidad mediante un diálogo incesante entre Dios y nosotros, sus hijos, teniendo presente la imagen de Jesucristo.

Queridos hermanos y hermanas:
Les exhorto a buscar -como Cristo- la alegría en el cumplimiento de la voluntad del Padre; a vivir con nuevo ardor la novedad de la fe; a ofrecer sus vidas en sacrificio espiritual.
Les exhorto a que sean fieles al Padre y fieles al hombre.
El hombre nuevo es el hombre verdadero, pues Dios lo ha concebido así desde la eternidad.  El hombre nuevo no es una ilusión.  No se trata de un hombre separado de la condición terrestre y puesto en un paraíso de ficción.
Hombre nuevo es todo bautizado que ha recibido la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu y se esfuerza por asemejarse a Jesucristo.
El hombre viejo es el que vive creyendo poder ser dueño de su destino, recurriendo únicamente a sus capacidades.
El hombre nuevo realiza perfectamente la voluntad de Dios mostrándose en plena disponibilidad al deseo divino; sabe que su sí de criatura ante el Creador es el paso necesario para ser hijo adoptivo de Dios.
Los creyentes nos proclamamos y somos en verdad hijos de Dios.  En esta noche de Pascua renovamos las promesas de fidelidad hechas en nuestro bautismo.  Ellas nos recuerdan que hemos pasado, por la resurrección de Jesucristo, de la muerte a la vida; del mal al bien; del pecado a la santidad y la gracia.  Ellas son manifestación de nuestra pertenencia a Dios.
¿Cristo ha resucitado! Exulten, por ello, los coros de ángeles.  Goce la tierra. Alégrese también nuestra Madre la Iglesia.
A todos, ¿Feliz Pascua en la Resurrección del Señor!  Y que el Señor nos dé su llamada en esta noche al recibirle en la Eucaristía, Resucitado.

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