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“De entre los muertos…”

Al encuentro de  la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “De entre los muertos…” (Jn 20,1-9 – Domingo de Resurrección) ¡Felices Pascuas de Resurrección! No puedo menos que iniciar nuestra reflexión, ofreciéndoles con toda la vitalidad de esta jornada el mejor saludo que se puede hacer en todos los tiempos.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Se trata de experimentar como la luz de sol que nace de alto, que sale victorioso de la oscuridad de las tinieblas, hoy domina, reina e impera. De este día glorioso se ve iluminada toda la vida de la Iglesia y su liturgia espiritual. Se puede comparar a la vitalidad y la necesidad que se tiene del sol para cada día de la vida humana. No por nada los domingos, día primero de la semana, con su carácter pascual, tanto en inglés como en alemán, se llama literalmente “día del sol”.
Este día narrado hoy por el evangelista con la visión del enviado celestial que mueve la piedra sepulcral y se sienta sobre ella, revela de manera categórica que Dios ha vencido a la muerte, tanto como el sol vence a las tinieblas. “¡Ha resucitado!” expresa el ángel a las mujeres. “¡Ha resucitado de entre los muertos!” (Mt 28), esta es la verdad que se anuncia. Si el reino de la muerte hasta ahora era poderoso, Cristo “al morir, le quitó su poder al que reinaba por medio de la muerte, es decir, al diablo. Liberó de este modo, a los hombres que, por miedo a la muerte, permanecían esclavos en todos los aspectos de su vida” (Hb 2,14-15). Al morir pues, Jesús entró en ese reino, y como bien lo señala la tradición hebrea narrada en la Biblia, la tumba como el signo de los infiernos y de la muerte, ahora está vacía, no porque se hayan robado el cuerpo del difunto, sino porque a éste Dios lo resucitó al tercer día, y quiso que se apareciera a los testigos elegidos por Dios” (Primera lectura Hch 10).
En la catequesis que Pedro da al centurión de Cesarea, Cornelio, el primer pagano convertido al cristianismo, según los Hechos de los Apóstoles, aparece la mención del “tercer día”, que después de la muerte de Jesús, será el día nuevo de la nueva humanidad. También Pablo, en el más antiguo “credo” cristiano, citado en la primera carta los Corintios (15,3-5), recuerda que “Cristo resucitó al tercer día según las Escrituras”. En la Biblia “tercer día” no es tanto una indicación cronológica, sino más bien el signo de una fecha decisiva y definitiva. Cristo resucitado, está pues definitivamente en el “tercer día” de la eternidad, está allá arriba sentado a la derecha del Padre. Él es como ese “sol perfecto del día sin ocaso” como canta la liturgia.
Hoy como las mujeres y los discípulos debemos correr hacia la tumba de nuestro Señor, no cómo el que visita la tumba de un ser querido, sino como el que busca la realidad del misterio pascual. Hoy somos en verdad “peregrinos de la fe”. Peregrinación material que tiene sentido sólo en cuanto es símbolo de la búsqueda del que da sentido y ha hecho nuevas todas las cosas. Bien nos lo señala el autor de la Carta a los Hebreos: “Salgamos también nosotros del campamento y vayamos hacia Cristo, llevando el oprobio de la cruz, porque no tenemos aquí abajo una ciudad estable, sino que buscamos la futura” (13,13-14). Aquella que “no tiene luz del sol ni de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23). Aquel que “acaba de triunfar el león de la tribu de Judá, el brote de David” (Ap 5,5). Él es en verdad el que al resucitar nos ha devuelto el amor y la esperanza, Aleluya.

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