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Corrupción

Corrupción Diac. Carlos  E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com Hace algunos días dialogábamos sobre la pobreza, tema muy relacionado, por cierto, con la Cuaresma. La corrupción, quizá la causa principal en nuestro país de los vergonzosos índices de pobreza y de pobreza extrema, se puede tratar como tema pascual, pues estamos urgidos de una vida nueva, totalmente renovada, si nos confesamos discípulos y testigos del resucitado.

El tema de la pobreza nos fue sugerido por la mención que de él hizo el papa Francisco. Ahora es él también que nos habla, con voz clara y convincente sobre la corrupción, pidiéndonos a todos no estar apegados al dinero. Censurando a aquellos que, en su afán de acumular, olvidan que al morir uno no se lleva lo que bien o mal adquirió, sino tan sólo lo que con generosidad dio. Recordemos que él  publicó un libro sobre el tema, que terminó siendo todavía cardenal. Sobre el tema, hace algún tiempo un  periódico italiano publicó que: “Nos hará muy bien, a la luz de la Palabra de Dios, aprender a discernir las diversas situaciones de corrupción que nos rodean y nos amenazan con sus seducciones. Nos hará bien repetirnos unos a otros: «pecador sí; corrupto no» y decirlo con temor, no sea que aceptemos el estado de corrupción como si fuese sólo un pecado más (…) el corrupto (…) pasa la vida entre las tentaciones del oportunismo, al precio de su propia dignidad y la de los demás. El corrupto tiene cara de «yo no fui», cara de santito, como decía mi abuela. Mercería un doctorado honoris causa en cosmética social. Lo peor, es que acaba creyéndoselo” . Nuestro país está atrapado, y desde hace ya demasiado tiempo, en la más oprobiosa de las corrupciones. Tal parece que se trata de un mal generalizado, al que no le buscan remedio quienes más obligados están a ello. En el Poder Ejecutivo se menciona ocasionalmente el tema, pero el prometido combate no acaba de empezar.  La policía está sometida a un proceso de depuración lento. El Ministerio Público no desarrolla la agenda que todos esperamos. El Poder Judicial es débil, numerosas veces timorato y otras tantas cómplice, además de subordinado a ciertos políticos que se distancian cada vez más del bien común, en la medida en que se creen insustituibles. Y a veces la sociedad civil alza su voz, por ahora tímidamente calorizada por algunos medios. Somos expertos en utilizar un lenguaje perifrástico, y no directo. Hablamos de transparencia, donde mejor cabría el término de honradez. Hablamos de corrupción y de corruptos, y mejor sería hablar de robo y de ladrones. Con el agravante de que se le roba a la cada vez más debilitada clase media y, sobre todo, se le roba al pobre y se le condena a una ciudadanía de segunda, pletórica de carencias, lo que configura una existencia triste y angustiosa. Una cosa sí es segura: no nos hacen falta más leyes; lo que nos está haciendo falta es vergüenza. Frente a los corruptos que agobian la nación, digamos con el salmista: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, más se complace en la ley del Señor, su ley susurra día y noche” (Salmo 1).

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