Caminar Punto de Vista

Perdón, Señor

Perdón, Señor
Jóse Nelsón Durón V.
Nuestras súplicas de perdón, Señor, se elevan al cielo por haber desatendido Sus órdenes de buscar la burra con su burrito y, además, no estar preparados para ser protagonistas en la historia de los demás; perdón por desaparecer para nuestros hermanos como aquella burra humilde que regala, sin embargo, su burrito para cargarle a usted, Rey de reyes y Señor de señores. Perdón por esos momentos que aprovechamos para aparentar ser más que los demás; por mirar hacia abajo, desde la tarima de la mentira y del orgullo; por hacernos propietarios de las cosas y de las personas ajenas, de sus confianzas y esperanzas, agravándolas con mentiras fáciles y livianas, desprovistas de caridad y de solidaridad. Perdónenos, Señor, por tener doble rostro y sonrisas engañosas; por esgrimir medias verdades y apabullar las almas confiadas que buscan senderos de paz y recodos serenos en el amor Divino. Por buscar ser zapato sin llegar a zapatilla. Enséñenos, Señor, cómo tener la generosidad de aquella burra que dona lo más querido y desaparece en el barullo de la historia. Susúrrenos, Santísimo Maestro, cómo resistir el peso de nuestras cargas y desvelos en los instantes más débiles de nuestras fuerzas; a levantar el rostro y hundir los pesos de nuestra seguridad sobre las túnicas mentirosas y falsas de fariseos y saduceos arteros que se paran en las esquinas televisivas y digitales.
Al subir sobre ese burrito, Señor, contemple nuevamente los tristes rostros de quienes sufren por responsabilidades nunca aceptadas; por las omisiones de quienes no hicieron lo que debían; por aquellos que se embolsaron capitales y negociaron con la delincuencia y el narcotráfico. Por quienes nos engañan hasta con el fútbol para vivir de ello y por aquellos que endiosan nuestros jóvenes atletas para venderlos, aunque no tengan la madurez técnica y sicológica para crecer gradualmente; por quienes obnubilan, fanatizan, apasionan e hinchan barras violentas e intransigentes. Por ellos también pedimos, Señor; ellos son también hermanos nuestros. Pedimos por nuestros familiares mayores, enfermos, ignorados, solos e impotentes para figurar en una sociedad férrea y exigente; por nuestros cónyuges, hijos, nietos y familiares, a quienes debimos amar más en el pasado y a quienes prometemos amar más en el futuro; por nuestros vecinos muchas veces desconocidos, que, como nosotros, luchan por sobrevivir en la era de la individualidad y el protagonismo; donde, como en la selva donde sobrevive el más fuerte, bregan por sacar provecho de su humildad y de sus limitaciones para continuar viviendo, aunque sea en la oscuridad del olvido e indiferencia.
Mande, Señor, que nos desaten de nuestra soberbia y eche a volar nuestra mentira y falsedad en el fuego que pronto apagará con su amor. Quite el yugo de la corrupción que nos esclaviza y libre de la misma a quienes la usan, buscan, promueven e imponen. Queme la droga maldita que consume la pureza de nuestros niños y jóvenes y los esclaviza y mata cuando ya no le sirven; llanamente y con prontitud corte la extorsión y convierta el corazón de los extorsionadores, obligados a veces por la pobreza, la falta de trabajo y oportunidades, el miedo y la desesperación. Ponga, Maestro bueno, el cojín de su misericordia y el manto de su comprensión sobre nuestra pecaminosidad y cabalgue sobre nuestras vidas convirtiendo el burrito en fortalecidas cabalgaduras cubriendo nuestros corazones con la sangre victoriosa del Rey que entra en las almas fértiles y buenas. Sabemos de su amor, hermano Jesús, Maestro bueno y santo Señor nuestro. Sabemos que quiere quitarnos el miedo, que no toma en cuenta nuestras negaciones y culpas con amor infinito; clavamos sobre el madero de su sacrificio cruento y terrible las ofensas que le hemos hecho a nuestros hermanos y, con ellos, a usted, Santísimo Cordero de Dios. Desplegamos sobre el rústico suelo de nuestras almas las capas de nuestra penitencia, de nuestra fe y esperanza y con el amor que se desprende de su cruz ignominiosa, nos bañamos en la sangre y agua brotada de su corazón bueno, dulce y compasivo y nos atrevemos a decir: Jesús, en ti confío.  Amén.