Buenas Nuevas

“Lázaro, ¡Ven afuera!”

Al encuentro de la palabra… según San Mateo para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Lázaro, ¡Ven afuera!”
( Juan 11,1-45 – V Domingo de Cuaresma)
Llegando al Quinto Domingo de Cuaresma que inaugura la semana antes de la Semana Santa, como una gran antesala de preparación, llegamos por igual al vértice de nuestras liturgias dominicales. Se trata de la espléndida escena de Betania, “el pueblo de Lázaro”, como todavía se llama hoy en árabe. Recurriendo al diálogo, estilo favorito en Juan, está Jesús y María la hermana del amigo muerto, hablando no de lo bueno que ha sido el difunto en vida y de la falta que hace en familia; sino del trasfondo que para ella mujer creyente en Jesús, concibe ahora la muerte de su hermano: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto…”, le dice a Jesús. Parece que ésta es la expresión álgida que hace que Jesús eleve su espíritu y la conduzca a la profundidad de su mensaje de vida, “Tú hermano resucitará”. Si la Palabra de Dios al principio de la creación, reafirmaba la condena del “Mot tamut”, “ciertamente morirás”, en Jesús el Hijo del Padre, Dios anuncia ese fin inevitable ya no para el hombre, sino para la muerte.
La primera sentencia trágica se produjo en el jardín del Edén, el nuevo anuncio-sentencia de vida, se produce en Betania, el lugar de la amistad de Jesús con esta familia de hermanos. Es aquí donde se anticipa el nuevo aroma que produce la muerte, para quienes creen en Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. “Maestro ya huele mal” le dicen las hermanas, cuando Él quiere ir a ver dónde le han puesto. Van al lugar y Jesús, después de orar llama al muerto: “Lázaro ¡Ven afuera!”. “Los infiernos no son los que te alaban, Señor, ni es la muerte la que canta himnos sino el viviente es el que te da gracias” (Is 38,18-19). La piedra fue removida y el muerto se levantó. “¿Dónde está muerte, tu victoria?” (1Co 15,55). Con la resurrección de Lázaro Jesús manifiesta su poder sobre el pecado y la muerte, y anuncia su pasaje de muerte a la vida, para ser quien produzca la fecundidad definitiva de una semilla que al morir se corrompe para dar la vida hasta la eternidad.
Ahora bien, para nosotros la Betania de hoy ya no está en el espacio, suburbio de Jerusalén, vive en el tiempo, porque Betania es cada Semana Santa. Allí nuestro aroma de muerte por los pecados, queda diluido en el aroma que trae la presencia de aquél que ha vencido a la muerte, constituyéndose Señor de la Vida. Esta es la Semana más florida y aromática del año, es el desbordamiento total de la primavera que abrió todas sus flores de un solo tirón. Sólo la fe, como la de Marta, puede introducirnos a ella “¿Crees esto?” le dijo Jesús, ella le respondió: “Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.
Cuanta exigencia existe en el Evangelio de hoy para los que queremos llegar a Jerusalén, pasando antes por Betania en esta Semana Mayor. Ya sabemos el destino de Jesús, ahora lo que importa será el destino de cada uno de nosotros. Cómo Marta y María podemos creer en el poder de Jesús y cómo Lázaro oír su voz y salir de la muerte o en el peor de los casos, quedarnos en el umbral de la muerte, allí donde ya no quieres oír la voz de tu Señor que te dice: “¡Sal afuera!”. Hay que pasar de Betania a Jerusalén para proclamar que “La muerte ha sido absorbida por la victoria” (1Co 15,54) de Jesús.