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De palmas, olivos, cedros y pinos

De palmas, olivos, cedros y pinos Diac. Carlos  E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com El Domingo de Ramos tiene, por una parte, un tono festivo; por otra, un tono solemne y sobrio, propio de la Semana Mayor. Corresponde el primero a la bendición de ramos y siguiente procesión, en conmemoración de la entrada festiva, colorida y ruidosa que hizo Jesús a Jerusalén. Corresponde el segundo, a la liturgia de la Palabra, en donde este año tenemos la Pasión según San Mateo.


Desde que era joven me preguntaba si nuestras procesiones de ramos, se parecen en algo a la que ocurrió aquél día en Jerusalén, antes de la Pascua. Y no estoy pensando en el burro que muchas de nuestras parroquias (al parecer, cada vez menos) consiguen para acompañar el recorrido o incluso para que en él monte algún varón que representa al Señor Jesús. Me refiero más bien al ambiente, las exclamaciones, y el colorido de los mantos y de los ramos.
Viendo el relato en los cuatro evangelios, y rastreando paralelismos en algunos salmos, en la antigua liturgia de este domingo y hasta en la liturgia celestial descrita en el Apocalipsis, el elemento vegetal se describe, según el caso, como palmas, ramas de palmera, ramos de olivo, follaje, ramas de árbol, árboles frutales y cedros. La celebración hondureña incluye muchas veces la rama de pino, o bien la hoja de pino a modo de alfombra.
Se le rinde homenaje a Dios, con elementos naturales que hemos recibido de su mano creadora. El reino vegetal, desde el comienzo de la historia humana, sobre todo nos ha alimentado y nos ha abrigado y protegido; pero también lo hemos utilizado como decoración y ornato en nuestras celebraciones de todo tipo. Cómo no pensar que no siempre hemos estado a la altura de nuestra misión de ser los guardianes y administradores de  la naturaleza. Cómo no temer que la pérdida de capas vegetales y la disminución de los acuíferos podrían pasarnos factura algún día, con una baja en el nivel de vida y hasta en la calidad de nuestras festividades.
Los múltiples incendios que anualmente devastan nuestros bosques, no pocas veces originados por la mano criminal de una furia ecocida, son un ominoso presagio acerca de nuestro ambiente futuro. Algunos funcionarios, en lugar de proponernos planes que reviertan tal situación,  nos invitan a prepararnos a un futuro más carente de agua, que se convertirá en un artículo de consumo, a precios que no todos podrán pagar.  No han escuchado la voz del Papa Francisco: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos” (LS 30).
Al reducir nuestros bosques a ceniza, destruimos la riquísima biodiversidad que hemos heredado, por lo que tenemos que sacudir nuestra indiferencia conformista. De nuevo el Papa lo advierte, al hablar de la casa común: “La pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no sólo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios. Las diversas especies contienen genes que pueden ser recursos claves para resolver en el futuro alguna necesidad humana o para regular algún problema ambiental” (LS 32).
Al finalizar la Cuaresma bueno es estar reconciliados con Dios y con los hermanos. Pero ¿cuándo habremos de reconciliarnos con la Naturaleza, obra soberbia de nuestro Creador?

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