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La alegría

La alegría P. Juan Ángel López Padilla En los últimos años, han encontrado manera hasta de medir, cuál es el país más feliz del mundo. Resulta doloroso ver que siempre, nuestra patria, aparece en los últimos puestos, de cualquier cosa, menos en asuntos de violencia.

No nos merecemos eso. Nadie merece esto.
¿Por qué se nos califica así? Pues parece más que evidente. De hecho, por fórmula y aunque sea una gran falta generalizar, los hondureños tenemos tendencia a ver las cosas de manera negativa. Pareciera como si no encontrásemos motivos para la alegría.
Estas semanas últimas, para el caso, hemos seguido viendo cómo se incrementa el dolor, el descontento por culpa de un ambiente de sospecha, de acusaciones y de revelaciones que no dejan de herir la conciencia de aquellos que, aunque sabíamos que sin el contubernio de los que han sido constituidos en autoridad, no era posible que creciese tanto los índices de violencia, de narcotráfico, de odio. La maldita droga ha cegado a tantos o puestas en “líneas” sobre una mesa, o alineando a gente para que baile al ritmo de paquetes de billetes de 20 dólares.
Volviendo a lo que les señalaba anteriormente, no es que esté de acuerdo con esas apreciaciones y menos con los parámetros que consideran miden quién es feliz y quién no. De hecho, más allá de las condiciones de dolor, de tanta sangre que corre en nuestro país, de tanta muerte y tanto odio; a mí, no deja de sorprender la capacidad que tiene nuestra gente de sonreír, de encontrar maneras para sacarle el lado, sino positivo, al menos chistoso a las cosas.
En particular me fascina ver a nuestros ancianos y nuestros niños, cuando ríen. Sobre todo, si son “bichines”. Porque la alegría no es un asunto de enseñar los dientes, sino del corazón. La alegría cuando se cultiva en un alma sana, sin los vicios del odio o de la soberbia, siempre será contagiosa. De hecho, no creo que sea correcto llamarle alegría al burlarse de otro, reír a costa del mal ajeno.
En medio de la Cuaresma, siempre la Iglesia nos invita a volver la mirada a la meta, al día de la Pascua y por eso el IV domingo es domingo de la alegría.
En medio de tantas malas noticias, de tantos golpes y de tantas luchas; conviene que no se nos olvide que el día en el que el mal fue vencido, el día de la verdadera alegría, lo que mide realmente el corazón humano, se alcanzó superando el martirio de la Cruz.
La alegría no nace sin esfuerzo, sin superación, sin sacrificio. La alegría no puede estar en aquel que está acostumbrado sólo a recibir, sino en aquel que siempre está dispuesto a dar, a darse. Necesitamos esa alegría. La alegría que surja de un corazón generoso que reconoce que hay tanto que trabajar, que cambiar. En uno mismo, para comenzar.
Nuestra Cuaresma debe llevarnos una vez más al camino de la Cruz, al Vía Crucis. Ir al Calvario, no es el problema. El problema es creer que esa es la meta, cuando sólo es el puente.
Procurar la alegría es una necesidad, un derecho, pero insisto: hay sonrisas que tarde o temprano desaparecerán, cuando su fundamento ha sido actos contrarios al corazón de Dios, cuando en lugar de cargar la Cruz, hemos sido cruz para los demás.

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