Buenas Nuevas

“Ciego de nacimiento”

Al encuentro de  la palabra… según San Mateo para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Ciego de nacimiento”
(Jn 9,1-41 – IV Domingo de Cuaresma)
El itinerario vivencial de la Cuaresma, se ve acompañado, como muchas veces lo hemos señalado, por el rico compendio de la Palabra de Dios, que viene o sale a nuestro encuentro para animar, como agua en el desierto, nuestra búsqueda de Dios en este tiempo de gracia.
Y a eso apunta de nuevo, el Evangelio de este domingo. Yo soy el ciego del camino, del que habla san Juan. Soy ciego de nacimiento y he tenido la dicha de encontrar a Jesús, que puede devolverme la vista. Al partir de aquí, comprendemos a qué meta nos dirige el “signo” de la curación del ciego de nacimiento. Es como si toda la narración fuera una dardo dirigido hacia el bautismo cristiano, que en la Iglesia de los primeros siglos, se llamaba precisamente “iluminación”.
A éste propósito apunta por igual la segunda lectura del apóstol Pablo: “Un tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Por tanto, comportaos como hijos de la luz y no participéis en las obras infructuosas de las tiniebla. Todo lo que se manifiesta es luz. Despierta, tú que duermes, y Cristo te iluminará” (Efesios 5,8-14). Cada uno que ha recibido el bautismo ha entrado en la luz de Cristo, aborreciendo las obras de las tiniebla, las que Cristo ha vencido con su muerte y resurrección.
Pero el maravilloso texto de este Evangelio según san Juan, nos invita a partir del “signo” realizado a confesar la fe que en quién es Jesús. Toda su obra es una presentación de quien es Jesús, a quienes lo ciegos por el pecado no pueden reconocer. Inicia señalando que es un hombre, dice el ciego: “ese hombre que se llama Jesús”; en Siloé Él se presenta como el Enviado, el supremo mensajero de Dios, como “el que viene de Dios”. El ciego que ahora ya puede ver lo descubre también como Profeta, pero el vértice está en la escena final cuando ese pobre está postrado ante  Jesús como Hijo del Hombre, el título mesiánico que le gustaba a Jesús, y como Kirios, “Señor”, es decir, Dios.
Ubicado tan espectacular relato en el IV Domingo de Cuaresma, es una sutil y maravillosa llamada a revivir con el ciego de nacimiento, nuestro propio itinerario espiritual urgido de crecimiento. ¿Cuántas Cuaresmas vividas y todavía seguimos ciegos por el camino? ¿Hace cuánto tiempo fuimos bautizados y todavía no tenemos la luz de la vida? Debemos una vez más sentirnos urgidos de poder gritar “¡Señor que pueda ver!”. El ciego lavó sus ojos en la fuente que se llamaba “Enviado”, es decir, lavó sus ojos en el manantial que es Cristo, el “Enviado” por el Padre, allí se bautizó en Cristo y pudo ver. Y esto es la Cuaresma, una fuerte propuesta bautismal, es una invitación a volver a nuestras fuentes, a reencontrar nuestra grandeza, a menudo empañada, de hijos de Dios.
Y, desde esta experiencia poder hacer la confesión de fe, en la persona del Señor Jesús. Él, por su acción sanadora me permitirá reconocer todo lo que ha hecho por mí y me llevará a la auténtica postración de mi vida ante el misterio único de su ser Salvador y Redentor. Es el momento propicio, es el momento de la gracia, como repite la Palabra de Dios, para dejar la ceguera y caminar decididos al encuentro del que dijo: “Yo soy la luz del mundo”.

A %d blogueros les gusta esto: