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“La vocación: una aventura por conquistar”

“La vocación: una aventura por conquistar” “La autenticidad de la vocación requiere de exigencias que sólo se pueden entender en la perspectiva de un amor siempre mayor, al cual estamos llamados a servir, y que culmina en la esperanza cristiana del reino de los cielos”. Edil Noé Guevara Hernández edil_elflaco@hotmail.es IV año de teología de la Diócesis de San Pedro Sula Síguenos en www.fidesdiariodigital.com En efecto, “la conquista de ser persona exige integridad y el desarrollo de la personalidad se rige por la ley de la armonía”. Por ende, la necesaria integración se va ensamblando día a día, dentro del proceso formativo, con decisiones y respuestas afirmativas o negativas, según los casos, de posiciones tomadas, de actitudes adoptadas.

Más aún, el hombre no es una forma cerrada egoístamente en sí mismo, sino abierta vertical y horizontalmente. Sin embargo, la persona se realiza en sus dimensiones, a base de afirmaciones, de hechos, de actitudes, de relaciones. Dado que, siendo una forma abierta, vertical y horizontalmente, cuanto más se abra hacia Dios y hacia los demás hermanos, más se irá vaciando de sus egoísmos y de sí mismo, efectivamente, más irá madurando su vocación. Ciertamente al hombre se le define por su razón y por su corazón, pues, ni su razón ni su corazón se agotan; sin duda que tiene el deber de ejercitarlos adecuadamente mientras viva. Así aspira a realizarse y ambos en armonía e íntima colaboración para la conquista de ser persona, la vocación: una aventura que tanto se anhela.
Consecuentemente el hecho mismo de ser, el hombre es un ser libre e inteligente, con capacidad de decisión propia, comporta para él el deber de crear nuevas posibilidades, para que el modo de vivir sea conforme a los designios de Dios. Por consiguiente el hombre debe buscar abrir nuevos horizontes, pero horizontes que busquen conjurar los monstruos que devoran nuestro futuro. Ciertamente el teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias, se llama mundo y en el plan de Dios entra que la persona se esfuerce a fin de ayudar al mundo a triunfar del egoísmo, del orgullo y de las rivalidades; así mismo, a superar las ambiciones y las injusticias; a abrir a todos, los caminos de una vida integral en el desarrollo de la personalidad y pueda conquistar ser de ser.
Naturalmente, el camino se hace andando, no solo, sino en compañía de los buenos amigos de viaje, alguien ha dicho que “si se quiere captar lo invisible, hay que penetrar en lo más hondo de lo visible”. Más aún, la persona no es sólo inteligencia y voluntad, es, además, sentimiento, imaginación, sentido estético, intimidad, tiempo y espacio, teoría y práctica. Por tanto, esta persona debe valorar la verdad, la bondad y la belleza de la verdadera vocación para la integración de la misma. Lógicamente, si el hombre nace para convivir, su aspecto social es inseparable de su individualidad personal.
No obstante, la vida del seminarista entra desde ahora en la recta de la plenitud para culminar en esa misteriosa vocación presbiteral, una aventura que tanto anhelamos al escuchar el llamado de Dios y dar una respuesta positiva. Al fin y en última instancia, la vocación consiste en plenitud de amor y en plenitud de conocimiento. Armónicamente, la vocación es aquello que confiere sentido a la propia experiencia de la vida que cuando se escucha el llamado de Dios es un afán de ser y tomar en serio la vida, buscando que sea auténtica y plena, forjándola, así, con muchos ingredientes para que la dirija y le dé sentido último. Empero, viene al caso que la autenticidad de la vocación requiere de exigencias que sólo se pueden entender en la perspectiva de un amor siempre mayor, al cual estamos llamados a servir, y que culmina en la esperanza cristiana del reino de los cielos. En fin, para conquistar la vocación; se perseverante, “Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2, 10).

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