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Padre en espíritu y en verdad

Padre en espíritu y en verdad Jóse Nelsón  Durón V. Pasada la contienda electoral los momentos se vuelven críticos y las decisiones difíciles. Abundan las tentaciones y comienza, o sigue, la oferta fácil, a veces fraudulenta y, por ello, falsa; aparecen actitudes de pretendida fuerza, como los cabritos, probándose a cornadas; negociaciones, sinceras unas y otras con el puñal en la bolsa y el celular encendido, por si acaso, para pedir instrucciones.

Momento y espacio para meditar, retirarse al bosque en silencio y soledad a escuchar paciente y obedientemente la voluntad divina, por encima de los hoyos que cavan y las cercas que plantan los hombres; las trampas y los cebos; las palabras melosas y abrazos fingidos, saludos salivosos pretendiendo exaltar al hombre por encima de la ley, justicia y moral. Tiempo de pensar en lo trascendente y en lo permanente. Tiempo para pensar en nuestro Padre, creador de cielo y tierra.
“Dios, nuestro Padre, es hontanar, origen prístino de todo: fuentes, sabidurías, potencias, bellezas, amores y poderes. Él es principio de cada algo. Primer Principio; garante de la realidad humana; solamente perceptible en toda su dimensión por las almas puras. Y nos manifestó por Su Hijo que Él es la Verdad, con mayúscula. Y nos pidió buscarla; claro, si queremos ser libres. Porque vivir en la Verdad, tenerla, practicarla, decirla y luchar por ella, es hacer uso de la plena libertad que Él mismo ha fincado en Su amor, por todos los hombres de todas las épocas, sin importar su condición, costumbres, lengua, color o manera de pensar o de comerse los frijoles”. Verdad que puede liberar y dignificar nuestra existencia, libre ella y libres sus hijos; sin ataduras y condicionamientos. Ama Dios que seamos libres, porque en esa condición es cuando somos más auténticos y así justamente es como nos quiere Él: legítimos, genuinos y puros; dignos. Vuelve la vista a otro lado cuando nos encadenamos, reos de nuestras propias decisiones; víctimas de nuestra lascivia, avidez, egoísmo, soberbia e intereses.
Su Hijo Jesús, por antonomasia, es perfecto, bueno, suave, cordial, sereno, humilde y, sin embargo, fuerte como nadie. “Ama la tersura de la conversación amable y el silencio sabio de la prudencia; como cuando se retira a orar al bosque a solas y en silencio, para escuchar desde lo ignoto de la creación la amorosa y firme voz del Padre, que le envía reiteradamente por los caminos pisoteados por los hombres, con sus egoísmos y terquedades humanas, para reconstruirlos, rellenando con Su amor las oquedades pecaminosas que dejamos”. Nos enseñó que usualmente caminamos sin sentido, que nuestro rumbo zigzaguea con cada interés particular y cada miedo que se erige amenazante; pero nos dice en cada una de estas ocasiones: ´No tengas miedo. Camina, vive, piensa, existe y sé feliz, porque te abriré senderos seguros y a tu paso las avecillas piarán gozosas y el conejo comerá de la garra del tigre. También a ti te pondré en una familia segura, como mi Padre del cielo me dio un papá aquí en la tierra: José el artesano, carpintero, albañil, peón, agricultor, arquitecto, aviador, doctor, licenciado o ingeniero; aquel que está siempre presente para todos en la casa y en el pueblo´.
´Mi papá José murió en el inicio de mi Cuaresma, más o menos cuando tenía yo doce años; cuando con mi madre me buscó y encontró, después de tres días, en el Templo, donde había ido a buscar respuestas que no sabía y a aprender a enseñar a otros. Asumieron ellos que iba yo en la caravana de regreso o estaba con los otros niños, jugando sin afanes ni apuros; se me perdieron de vista por tres días, se sintieron seguros sin mí. Ustedes, niños u hombres, no pueden quedarse a solas, porque se dejan vencer por el miedo. Lo aprendí aquella vez cuando mi Madre me dijo con voz angustiada: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” Debí entonces regresar al hogar paterno y someter mis travesuras de niño a las conveniencias de la familia y las mías, pues no podemos los niños saltar las tablas de la cerca sin el permiso del padre. El Otro mío, el del cielo, Yahveh, mi Abbá, mi Papi y mi todo, me habla y me ordena y Su voluntad es mi alimento´.

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