Buenas Nuevas

“Bebe de esta agua…”

Al encuentro de  la palabra… según San Mateo para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Bebe de esta agua…”
(Jn 4,5-24 – III Domingo de Cuaresma)
Con admirable reverencia y gratitud nos adentramos hoy al Evangelio de San Juan, comprendiendo, o mejor dicho queriendo comprender el alcance místico al cual el relato de hoy nos quiere transportar. El Cuarto Evangelio gusta de la así llamada “la mística del espacio”, porque desarrolla muchos de sus temas en grandes signos topográficos, que al narrarlos los eleva para ser símbolos de un misterio más alto. Es el caso del relato “de la Samaritana”, para dar un ejemplo. El primer símbolo es el agua en el pozo, pozo situado ya en el desierto en ese pequeño oasis. El agua es en su sentido más pleno y profundo la que combate la muerte en el desierto, siendo así fuente de vida y fecundidad. Le acompaña otro símbolo especial, el monte sagrado de los samaritanos. El monte Sión de Jerusalén y el Garizím de Samaria eran dos altares que se disputaban en forma exclusiva y a menudo mágica la presencia de Yahvé.
Y entre estas dos realidades topográficas de alto significado, aparece la imagen serena y significativa, en aquel medio día (v.6), de Jesús que irradiará con mayor luz (como el sol al mediodía) en la oscuridad de la vida de aquella mujer samaritana. Ella seguramente estaba estigmatizada por su pueblo, al ir a esa hora y sola a buscar el agua del pozo. Y allí se encontró con el agua viva, es decir, con Cristo, que le invita a creer en Él, para que si tiene sed beba de Él y nunca más vuelva a padecer de esa sed interior que le había hecho ser como una hoja agitada por el viento. Allí se le abrieron los ojos del corazón, para descubrir más allá de las apariencias y los ritos, el lugar dónde mora el Señor, en “espíritu” y “verdad”.
El pozo y el monte son paisajes interiores del hombre. Bien reza el refrán: “El que tiene sed busca el agua”. Pero, espiritualmente hablando ¿De quién he bebido para calmar mi sed? ¿Hacia dónde me he dirigido para buscar al verdadero Dios? En la mujer samaritana, cuyo nombre pudimos saber por la importancia y lo largo de la conversación, quedando en el anonimato, se puede colocar el nombre de cada uno de nosotros. Por esa profunda razón, la madre Iglesia desde la antigüedad acompaña el tercer domingo de Cuaresma, con tan especial relato. Yo, hoy debo escuchar a Jesús, y dejar que sus palabras me conviertan, debo dejar de beber de lo perecedero, para ser un manantial de agua que brota para la vida eterna. Debo dejar de ser eterno errante en la búsqueda de Dios, para descubrir que ya lo he encontrado en el monte sagrado de mi corazón.
Finalmente no podemos ignorar el tercer signo topográfico que es Samaria y sus habitantes. Ésta es el símbolo de la propia Iglesia que rompe las barreras étnicas y de cualquier otra forma, para llevar cómo lo ha hecho Jesús el Evangelio de la vida, la que Él está ofreciendo y dando en abundancia. Esta maravillosa página de Evangelio está dirigida para cuantos han tenido un pasado “samaritano”, lleno de ídolos, de vacío y soledad, para decirles y para que sepan en este tiempo de misericordia, que hay siempre alguien que les espera y les recibe, aún bajo el cálido sol del mediodía, en la inesperada circunstancia de trabajo o de paseo, entre el ruido de la ciudad o en la soledad imperiosa del desierto. Ese es Jesús, el Señor, que como dirá San Gregorio Nacianceno: “Tiene sed del que tenga sed de Él”.