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“Y se transfiguró…”

Al encuentro de la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “Y se transfiguró…” (Mt 17,1-9 – II Domingo de Cuaresma) El griego de los evangelios expresa la palabra “transfiguración” con el término “metamorfosis”, indicando así una íntima transformación que revela la realidad misteriosa de Cristo que desvela también nuestro destino de “hijos de la luz”. Así celebramos el misterio de Cristo en este segundo domingo de Cuaresma.

¿Qué más podemos decir de Él? Todo indica que la cercanía a Jerusalén, destino de su glorificación por medio de la cruz, ha hecho subir a Jesús “a un monte alto”, lugar privilegiado para los grandes personajes de la Biblia, para el encuentro con Dios. Jesús ha subido a ese lugar para buscar la ayuda de Dios. El miedo humano a la cruz, le hace no escapar sino buscar el sentido y la fortaleza de la prueba futura, sólo en los brazos de Dios, su Padre, en quien seguramente se abandonó totalmente con su oración, podrá encontrar el coraje para seguir hasta la cruz. Cómo bien señalan muchísimos salmos, entre ellos el Salmo 33: “Cuando el afligido grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos”. En resumen este es el significado primario del acontecimiento de la transfiguración, el Padre ha venido al encuentro de su amado Hijo, y le hace saber transfigurándolo, el fruto que obtendrá después de su entrega por la humanidad. El miedo humano al dolor, ha quedado superado por la certeza de la acción de su Padre, que una vez muerto, como bien lo señala el “pasivo teológico” de la lengua griega: lo resucitará al tercer día. El Padre no permitirá que su único Hijo, conozca la corrupción de la muerte por el pecado; aquél que no tiene pecados, no podrá permanecer hundido entre las heces que ha dejado la desobediencia del hombre al pecar y el abuso que el propio Satanás ha sido gestando a través de la historia, de la libertad humana.
Es el triunfo anunciado y ahora evidenciado para ese Hijo, que es la esperanza definitiva y única para la salvación de todos. Moisés viene también como emisario divino, a recordarle que toda la Escritura, es decir, La Ley, tiene su cumplimiento en su sacrificio redentor. Elías, el gran emblemático del profetismo de Israel, viene a señalarle que Él es el único Mesías anunciado y esperado, y que no hay otro. Ambos personajes del Antiguo Testamento, le evidencian la imposibilidad que tiene para negarse a la Cruz. Son para Jesús un consuelo y pero a la vez, los testigos oficiales, de que el camino no se puede detener, porque sin su entrega, vendría el final del mundo destinado al caos primigenio, allí donde no reinaría nada, como en el principio de la creación. Dios no puede fracasar en su proyecto para y con el hombre, y es precisamente éste, su Hijo, El Hombre, por excelencia el que ahora, deberá asumir el castigo de los hombres para recibir el castigo, que nos hará salvos.
Con el acontecimiento de la Transfiguración, quedamos claros que la gloria de Jesús, Dios ha dicho su última palabra, el mal será desterrado para siempre y la luz que brotará de la tumba vacía, no sólo advierte el triunfo de su Hijo sobre la muerte, sino que ahora en verdad, Dios ha hecho nuevas todas las cosas. Esta es la luz que nos ilumina a todos en este segundo domingo cuaresmal. Acerquémonos pues, a Jesús, en Él está nuestra esperanza de sobrellevar en el aquí y en el ahora, las muchas pruebas y dolores, en términos de resurrección y de victoria final.

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