Noticias

Eufobia y amor de Dios

Eufobia y amor de Dios Jóse Nelsón Durón V. La percepción general, ésa que se respira en el ambiente, se lee en los rostros y nos hacen vivir en cada momento los medios, es la de un temor general, sordo, callado, interior, que se ha calado en los huesos y nos hace, no solamente ver sobre el hombro tan a menudo como se pueda, sino casi permanentemente.

Es un desosiego silencioso que se ha convertido en desánimo y hasta ansiedad, nos aleja y cubre nuestra esperanza con escepticismo, desconfianza y aprensión. Nos tiembla la fe y a veces nos parece fútil e irrazonable, acercándonos al vacío existencial del ateísmo o por lo menos al descuidado, superficial e hipócrita cristianismo que se ha hecho tan popular. Por favor quítele, hermano, el tono insultante de la palabra; es solamente una manera de expresar la vida en el filo de la navaja, coqueteando con las medias verdades y la falta de concreción y de autenticidad. Vivir, o creer, o tener fe, dependientes e inherentes una de la otra, es naturalidad, simplicidad, aceptación y responsabilidad ante los sucesos de la vida y ante los hermanos, a quienes debemos amar con la comprensión, solidaridad, respeto y consideración, como Dios ama a cada uno de Sus hijos.
Esta aspiración de una humanidad de rostro sereno es la aspiración de nuestro Señor Jesús, que de tantas maneras nos llama a vivir en la divina voluntad, que es su alimento, su misión: “«Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed… He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado»” (Jn 6, 35-38) Todo un discurso sobre el Pan de Vida, el Pan Eucarístico, su bendito Cuerpo que recibimos en cada Misa. Estas palabras, expresadas después de embarcarse con sus asustados discípulos por la tempestad desatada y calmarlos, deberían ser la fortaleza que derrumbe la intención de hacernos perder la paz que la repetición incesante de lo malo tanto abona. Nunca será cansancio exponer nuestra oposición a la divulgación de telenovelas que proponen prototipos de machos armados dulzones, con el tonto sometimiento juvenil por el poder y la riqueza, la continuada exposición al público de políticos que han causado daño al país y de personas que representan indudablemente sectores que ningún provecho dejan para nuestra sociedad y nuestros jóvenes. Acusaciones infundadas e interesadas, protegidas detrás de la solapa de la libertad de expresión, cansinamente repetidas, también han contribuido a enfermar nuestra población.
Hay una enfermedad que se denomina eufobia, que es un rechazo inexplicable e insuperable de recibir buenas noticias. Hoy está muy difundida y las gentes prefieren aceptar y enfatizar lo malo, mientras les cuesta aceptar lo bueno. La eufobia es uno de los instrumentos del príncipe del mundo y debido a ella muchos hablan continuamente del enemigo y pocos alaban, adoran y se sienten amados por Dios. Con ella como herramienta es más fácil criticar y perseguir la Iglesia, su Doctrina, la santa Biblia y sus servidores. También en la eufobia se origina el gusto por el morbo que causan los asesinatos y demás crímenes. Vale la pena reevaluarse constantemente y revisar las respuestas ante los sucesos de la vida, para no ser colaborador del enemigo. El sentimiento de desánimo, junto con la confusión que nos ha traído el discurso que difiere del mensaje que Dios quiere expresar al mundo a través de la Iglesia, estimula la difusión de la eufobia y la dispersión de las ovejas cansadas, convirtiendo cualquier redil en refugio temporal, inseguro y caro.
Dios nos invita siempre a la serenidad inefable que proviene de su misterio, inalcanzable para el hombre pero puesto a disposición suya en las sombras y luces de la existencia, muchas veces azarosa que nos toca vivir, seguros que su mano bondadosa, suave y dulce, siempre está a la distancia de una oración y ciertamente presente en cuerpo, alma y divinidad en cada Eucaristía, donde se cumple nuevamente lo siguiente: “Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo». Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: «Levántense y no teman». Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús”. (Mt 17,5-8). Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

A %d blogueros les gusta esto: