Ecos del Seminario

Todos los hombres estamos llamados a la santidad

Todos los hombres estamos llamados a la santidad
“Una hoja más se comienza a escribir en el libro de mi vida, donde Dios es el autor, Él es el que va escribiendo ese guion”

Juan José Brizuela,
Cuarto año de Teología
josebrizuela29@hotmail.com
Diócesis de San Pedro Sula
“Sean perfectos como el Padre es perfecto…” La vocación a la santidad no es un privilegio exclusivo de los sacerdotes o religiosos sino de todos los cristianos.
Nací en Cortesito, Omoa, Cortes, un 19 de enero de 1983, bajo el seno de una familia meramente católica, soy el cuarto de nueve hermanos, viví mi infancia como cualquier otro niño, jugando, ayudando en los trabajos de la casa y del campo, pero sin descuidar mi vida académica (primaria), también en el caminar cristiano desde niño me gustaba ir a la Iglesia, catequesis, celebración de la Palabra de Dios y la santa Eucaristía por supuesto. Tenía inquietud vocacional y fui creciendo con el deseo de algún día prepararme para ser sacerdote, aunque en ese entonces la situación económica no me permitía estudiar para poder realizar mi sueño.
Llegada la edad de poder hacer la confirmación los anhelos por cumplir dicho sueño se afianzó más y luego de un tiempo de preparación, (entre temas y retiros espirituales) el llamado a encontrarme y permanecer con el Señor Jesús se fortalece, pero hay otro momento donde mis sueños vocacionales se ven obstaculizados, o al menos fue lo que pensé en ese momento, ya que mis padres deciden que la familia migre hacia Choloma, Cortés, donde actualmente residen. Ahora reflexiono que cuando Dios actúa en nuestras vidas no le importa ni el lugar ni el momento. Comienza allí otra etapa de mi vida, etapa que incluye experiencia laboral de dos años. Decido entonces, estudiar mi secundaria en el Instituto 1 de Mayo los fines de semana, puedo decir que este sacrificio de trabajar y estudiar valió la pena, aunque los afanes de ambas actividades hicieron que mis planes de querer ingresar al Seminario se adormecieran por motivos de querer hacer una carrera universitaria (Ingeniería en Sistemas).
A la edad de 24 años entiendo que el fin principal de ir al colegio era el seminario y prepararme para ser sacerdote, un dilema más en mi vida, pidiéndole a Dios que me diera el discernimiento para poder aclarar mis pensamientos. Empiezo a preparar papeles para ingresar al Seminario Menor, luego de conversaciones con el Padre Guillermo Medina y con su visto bueno él redactó una carta de recomendación e hizo el contacto con el Rector del Seminario (P. Marvin), de esta forma se iniciará mi primera parte de formación en el Seminario Menor y una hoja más se comienza a escribir en el libro de mi vida, donde Dios es el autor, Él es el que va escribiendo ese guion. Hubo incertidumbres, preocupación por mi familia, al mismo tiempo que el deseo por dejarlo todo por Dios, ¡no me equivoqué al elegirlo a Él! ya que es el único que conduce mi caminar, en él experimento el verdadero amor. Algo fundamental que ha acompañado mi proceso durante todos estos años es la oración frente al Santísimo y hay un momento en particular que marca mi historia vocacional; la lectura e interiorización del salmo 91 “Tú que habitas al amparo del altísimo, di al Señor: mi amparo, mi refugio, en ti mi Dios yo pongo mi confianza” . Ha sido desde entonces mi texto de meditación e inspiración.
Otro texto bíblico que me ha marcada y acompañado hasta la fecha es Siracides 2, 1ss “si te has decidido servir al Señor, prepárate para la pruebas. Conserva recto tu corazón y se decidido, no te pongas nerviosa cuando vengan las dificultades. Apégate al Señor, no te apartes de él: si actúas así, arribarás a buen término al final de tus días. Acepta todo lo que te pase y se paciente cuando te halles botado en el suelo. Porque así como el oro se purifica en el fuego, así también los que agradan a Dios pasan por el crisol de la humillación. Confía en él y te cuidará: sigue el camino recto y espera en él”
Recomiendo a todos ustedes queridos hermanos que como yo hagan propias en su vida las palabras de San Juan Pablo II “recuerda con gratitud el pasado, vive con pasión el presente y ábrete con esperanza al futuro” y también “no tengas miedo, abre las puertas a Cristo” y no olviden que todos estamos llamados a ser santos desde la vocación que Dios nos inspire vivir.

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