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“Callar los ruidos y escuchar a Dios en el silencio”

“Callar los ruidos y escuchar a Dios en el silencio” Es necesario que en medio de este escenario de violencia que vivimos nos detengamos para escuchar la Voz de Dios. Texto y fotos: Leonardo Ascencio Cruz leo_acruz@hotmail.com IV TEOLOGíA Es evidente que cuando nos acercamos a Dios para orar, quisiéramos escuchar la respuesta de forma inmediata y en esa súplica buscamos una solución,  claro, esa respuesta es  la que nos ilumina Dios.

Pero ¿Qué sucede cuando no hay respuesta? ¿Nos damos por vencidos ante las adversidades? ¿Sabemos esperar? – Recuerdo la frase que menciona  una amiga-: “el silencio también es respuesta”. Es a este punto donde quiero llegar.
Cada persona necesita: palpar, escuchar, observar, degustar, oler es decir todo nuestro sistema sensorial entra en función  para que la respuesta llegue a nuestro cerebro y saberse en la capacidad de asimilar lo que sucede en nuestro exterior. Pero cuando ninguno de estos sentidos es capaz de percibir de manera inmediata la respuesta que buscamos,  entra en juego todo nuestro ser espiritual, gracia dada por Dios a los hombres. Hoy en día oímos  muchos ruidos exteriores, y quizás a veces se hace difícil escucharnos a nosotros mismos, y es común también que durante la  oración  no damos un espacio al silencio. Considero que la  oración que suscita  silencio muchas veces  suele ocurrir  en un momento de  adversidad, en esas situaciones  en donde no hay fuerzas, en las que se pierde la esperanza, en donde todo pareciera terminar…pero no podemos quedarnos así, hay que  levantarse y empezar nuevamente a caminar, porque Jesús, no es ausente, es el Resucitado.
El lenguaje de Dios es el amor y este amor permite comunicarse de diversas maneras y por qué no también en el silencio, ya que con el mero lenguaje humano limitaríamos la grandeza de Dios al comunicarse con los hombres. Recordemos que Dios nos llama por nuestro propio nombre todos los días de nuestra existencia y no es un simple sentimentalismo, es una verdad, por eso nuestra respuesta  desde la fe es: “Habla señor que tu siervo escucha”. (Cf. 1 Samuel 3, 10). Veamos el siguiente texto bíblico:
Entonces se le dijo: «Sal fuera y permanece en el monte esperando a Yahvé, pues Yahvé va a pasar.» Vino primero un huracán tan violento que hendía los cerros y quebraba las rocas delante de Yahvé. Pero Yahvé no estaba en el huracán. Después del huracán, un  terremoto, pero Yahvé no estaba en el terremoto. Después del terremoto, fuego. Pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el surruro de una brisa suave. Elías al oírlo se tapó la cara con su manto, salió de la cueva y se paró a su entrada. (Cf. 1 Reyes 19, 11-13).
El autor sagrado hace hincapié en el  ruido que provocaban los fenómenos naturales como; huracanes, terremotos, en una palabra todo lo que roba la paz a nuestra sociedad. Elías no es capaz de escuchar a Dios sino en la suave brisa. Se comprende entonces que la relación de estos hechos naturales son aquí como los signos precursores de su paso que está envuelto en el silencio. Es necesario que en medio de este escenario de violencia que vivimos  nos detengamos para escuchar la Voz de Dios.
Es en este momento en el cual debe surgir la esperanza;  en donde se manifiesta la gracia abundante de la salvación de Dios. No hay que desanimarnos en nuestro caminar cristiano, pues mientras caminemos en este mundo siempre existirán situaciones que nos exigirán mucha fe, y encontraremos el  sentido verdadero a la luz de la Palabra. ¿Cuántos necesitamos esa convicción de fe? Realmente todos debemos  comunicar la Buena Nueva de Cristo con valentía, anunciando la salvación y denunciando toda estructura de pecado para el bien del hombre.

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