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Sin pito pero con voto

Sin pito pero con voto Jóse Nelsón  Durón V. A medida que pasan los días parecieran haber desaparecido los problemas que invadieron páginas, pantallas y corazones; se opacaron las noticias que hicieron escándalo en el pasado reciente y perturbaron nuestra serenidad, ahora tan escatimada por la percepción de permanente desgracia, abandono e impotencia, inyectada a fuerza por la repetición incesante.

Desgraciadamente, la sensación de desánimo puede devenir en indiferencia, olvido o ansiedad permanente, pues los problemas no solucionados permanecen esperando la buena mano de Dios o el aparecimiento de las circunstancias que los revivan. La política en primer lugar y los incendios forestales, el gorgojo, la falta de agua y otros ya volverán a ocupar las primeras páginas; mientras, el gorgojo y las pandillas siguen armándose, la gente no encuentra trabajo, Kevin sigue preso y nadie sabe toda la verdad, el agua es escasa y cara, y la angustia predomina.
Sin haber aprendido a soportarnos localmente, pasamos el tiempo, como si fuera un juego, juzgando y condenando gobernantes extranjeros, actores, deportistas, políticos y toda clase de figuras que hemos elevado hasta la cima de nuestra atención. Ellos juegan su propio partido; el nuestro ha sido largo y los resultados continúan siendo negativos. Es aquí donde debemos ser árbitros; sin pito, pero con voto. En nuestro partido algunos pierden tiempo, fingen faltas y lesiones, juegan para no perder y hay casos en que un equipo no se presenta a jugar aunque pierda los puntos (cualquier similitud en el Congreso es pura coincidencia). En las graderías, el público silba protestando por la calidad del espectáculo y jura no volver. El directivo: está bien, gracias; al final, siempre se culpa al árbitro; las graderías están tan vacías que hasta “chirrean” (otra vez las coincidencias, pero ahora en los pobres y sus estómagos); ya nos recuperaremos: fulanito ya está maduro para venderlo al extranjero (en campaña sobrarán las propuestas fáciles para la recuperación económica y el desarrollo). Este símil solo falla en la comisión de justicia: las faltas y castigos necesitarían dictámenes tremendos; ha sido más fácil y conveniente transformar la existencia de las gentes y sus necesidades en una cancha, que conseguir políticos cambiados (perdón, es la última: pese a los cambios, que urgían, la cancha sigue en mal estado, pero el partido no puede suspenderse).
No podemos servir a Dios y a las riquezas, personalizadas éstas en intereses. No se puede, ni se debe. Si nuestro amor a Dios es sincero y sobre todo si decimos amar a nuestros hermanos, el esfuerzo de todos debe dirigirse en forma exclusiva a la sinceridad en las propuestas políticas, su fundamentación y su factibilidad, pues las casas y los proyectos no se construyen con aire (so pena de comenzar a venderlo) y la economía no responde a caprichos personales o a ideologías externas, sino a estrategias de buen gobierno, de inversión inteligente y de procura del bien común. Dice san Pablo, ¡hace 20 siglos! : “Lo que se busca en un administrador es que sea fiel”. “Procuren que todos nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.”. De eso se trata: considérense inmersos en un santo e inefable misterio: no ganarán la carrera por mérito propio, sino por la voluntad sapientísima de Dios y sus acciones y omisiones serán valoradas por el Señor en conformidad con su plan de gobierno del Reino, donde la cosecha es definitiva y se sopesa lo que llena el corazón: el amor a los demás demostrado con las buenas obras, o el desinterés de los demás.
Queremos referirnos al grave problema del agua para la ciudad capital, tema en que ya algunos políticos, sin tener el mínimo conocimiento, quieren tirarse de cabeza para pescar algunos votos, sin reparar que el mar de la ignorancia, dicho sin ánimo despectivo alguno, ofrece muchas veces perlas en la profundidad, pero también puede ahogar. La capital necesita agua urgentemente, esto sí urge y no debe ser tarraya de pesca política, sino vaso de comunión receptáculo de la gracia divina, que es, igual que el agua, un derecho universal y su consumo humano tiene relación preferencial y privilegiada (Ley General de Aguas), por lo que su servicio debe ser prestado “bajo los principios de calidad, equidad, solidaridad, continuidad, generalidad, respeto ambiental y participación ciudadana” (Art. 1, Cap. 1, Ley Marco del Sector Agua Potable y Saneamiento). ¡Listos los votos!

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