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Justicia y misericordia

Justicia y misericordia Jóse Nelsón Durón V. Algunas acciones de los hijos son responsabilizadas a los padres por considerar la sociedad que el niño no tiene capacidad para juzgar adecuadamente su accionar y existen circunstancias fatales que lo demuestran. Lógico, innegable.

De la misma manera, los empresarios son corresponsables por ciertas acciones de sus empleados que violan la ley, sea administrativa o jurídicamente. Lógico también. Ante tantas desgracias que enlutan nuestras familias, resulta temerario levantar el dedo para responsabilizar tan frescamente a otros por la marejada violenta que azota la sociedad y enterrar la cabeza resulta tan hipócrita como esconder el rostro ante las cámaras después de haber sido cogido in fraganti violando la ley.
Levantar el dedo para condenar hoy, cuando lo escondí ayer para evitar lo mismo que condeno, al estilo de nuestros más avezados políticos, resulta una acción de la misma naturaleza. En el reciente caso del accidente vial en que murieron tantos hermanos, ya se mencionan algunas circunstancias atenuantes que deberían reducir el rechazo y odio que recibe el conductor de la rastra involucrada: exceso de peso, falta de pericia, movilidad de la carga, fallo de frenos, etc., que podría traducirse en: equipo en mal estado; violación de la ley del transporte; sobrecarga; descuido en la contratación; armar (porque todo puede ser un arma) a un incapacitado, violentando la seguridad pública; valorar más el dinero que las personas… y otro largo etcétera que da para mucho más y que descubre otros ángulos del lamentable hecho.
Se nos ocurre que debemos linchar al pobre conductor o enviarlo a la Penitenciaría, donde “no durará más de dos días”, como afirmamos con tanta frescura e inconciencia, demostrando una tremenda injusticia que imagino es reprochable por el Señor.
Este domingo el Evangelio habla de misericordia, íntimamente relacionada con la justicia, e inicia con la afirmación del Señor Jesús que no vino a abolir la Ley y los profetas, sino a darle plenitud. Se trata de la antigua Ley sagrada, claro, pero en ella y en las enseñanzas del Señor Jesús está basado el estamento legal de la humanidad, que procura relacionarse siguiendo un orden justo. He ahí la palabra clave: justicia. “La Justicia es la reina de las virtudes republicanas y con ella se sostiene una igualdad y la libertad”, afirmó Simón Bolívar. Quienes invocan estas virtudes deberían aplicarlas en sentido universal y reconocer que la justicia social es más que un enunciado político y es el resultado de la responsabilidad gubernamental y humana, así como de la moralidad y la democracia; la Iustitia es representada desde los romanos con una venda sobre los ojos, representando objetividad e imparcialidad; una espada en la mano de dos filos, que “simboliza el poder de la razón y la justicia, que puede ser ejercido a favor o en contra de cualquiera de las partes y una balanza típicamente suspendida de su mano derecha, en la que se mide la fuerza del apoyo y de la oposición de un caso”.
La ley jurídica, disculpen la cacofonía, tiene como objetivo el bien común, resultado de la aplicación de los principios de justicia y moralidad, frutos de la observación y aplicación irrestricta de la ley, unida a la misericordia hacia los demás, reglas de hospitalidad, buena gobernanza y conducta social, y la devoción a Dios. He aquí la otra clave que nos da el Señor: la misericordia. Compasión nacida del hecho indubitable de la general concupiscencia humana y de la observación sincera de la mutua responsabilidad. Nuestros problemas no nacieron hoy, ni en el cercano pasado; son producto del natural avejentar de las leyes y de la tardanza en modernizarlas, pero también son fruto de muchas omisiones, complicidades, cobardías, errores y una serie inconfesable de responsabilidades ahora ignoradas. Señores, hermanos, recordemos con humildad recomendada por el más humilde de los hombres, nuestro Señor y Maestro Jesús, que dice: “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe a sí a los hombres, será el menos importante en el Reino de los cielos”. Reparemos que utiliza el Señor la palabra “menos” para que aprendamos a calificar y valorar en su respectiva relatividad la responsabilidad de nuestros actos, palabras, pensamientos y omisiones, por cuya razón pedimos perdón en cada Eucaristía.

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