Dispara, yo ya estoy muerto

Dispara, yo ya estoy muerto Diac. Carlos  E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com “Dispara, yo ya estoy muerto”, es el título de una gran novela de Julia Navarro (La Biblia de Barro, La Hermandad de la Sábana Santa, Dime Quién Soy, etc.).

Cuando lo escuché por primera vez capté su sentido metafórico, cargado de desesperanza, como queriendo significar “¿Qué más podría perder ya?”. Jamás se me cruzó por la mente de que alguien pudiese ir en busca de un difunto, para dispararle. Pero ha sucedido, y en esta Honduras del alma.
Interrumpir un velorio y disparar a matar, es de suyo enormemente grave, y la reiteración casi cotidiana de las masacres no deberá atenuar en nada nuestra sensación de espanto ni nuestro total repudio. La sociedad parece haberse casi horrorizado más ante un ataúd acribillado que ante los nuevos jóvenes varones asesinados.  No creo que se trate de valores alterados, sino de una espontánea reacción por lo inusual del caso.
En nuestra sociedad, al igual que (creo) en el resto de Latinoamérica, acostumbramos mirar a los difuntos con respeto. En los velorios se habla en voz baja. Ante un féretro cargado por familiares y amigos he visto campesinos quitarse el sombrero. Muchos se persignan cuando ante sí pasa un funeral anónimo. Y es casi unánime el que no se hable mal del difunto. Otros buscan cómo dedicarle algún póstumo elogio. Y si el difunto no llevó una vida particularmente ejemplar, la mayoría se llama a un discreto silencio, o hace una sutil crítica en forma de plegaria “¡Dios lo haya perdonado!”
Irrespetar de esta manera el dolor de la familia, masacrar a parientes y amigos presentes y disparar al difunto, constituyen un conjunto de actos que reflejan un nivel grande de crueldad y saña, a la vez que son un termómetro para medir nuestra postración moral, pues no podemos desligarnos de nuestro propio pueblo para asumir que otros fueron y que a mí no me incumbe.
Y preocupa altamente que las medidas en contra de la criminalidad son masivamente para luchar contra sus efectos, mientras es poco, poquísimo, lo que se está haciendo para prevenir las causas de tan deshumanizados comportamientos. Y sabemos que mucho de lo que se podría hacer tendrá efectos a mediano y largo plazo. Por lo que podríamos estar condenados a vivir una y otra vez estas pesadillas.
Pero pensando desde la fe que podemos hacer ahora, me parece que nos queda el valioso recurso de la oración. Deberá hacerse insistentemente, a solas, en familia y en comunidad, pidiendo por el cese de la violencia, la mitigación del dolor para los familiares de las víctimas y la conversión de los victimarios. Hablaré de esto con el Clero. Quizá ha llegado la hora de empezar una campaña continua de oración, con el rosario en la mano.
¡Virgencita de Suyapa, ruega al Señor por nosotros, que somos tu pueblo!

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