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Cuando muere un santo

Cuando muere un santo P. Juan Ángel López Padilla Lamentablemente esta columna no la podrá leer en esta tierra, mi muy querido P. John Wallace, al que yo prefería llamar Jack. No recuerdo cuántas veces me llamó por teléfono o me decía cuando nos encontrábamos que lo que había escrito estaba muy bien. Siempre leía lo que escribía y, como se los apunto, hasta tenía algo de tiempo para hacérmelo saber.

Modestia muy aparte, era muy halagador saber que él estaba siempre atento a lo que salía de mis humildes reflexiones.
Jack fue un hombre santo. No me queda la menor duda. Se lo he repetido a todo aquel que me ha permitido hablar de ello: en esta vida he conocido gente santa y él ha sido uno de ellos.
Su devoción por los enfermos y sus pequeños gestos para darles unos lempiras o darles algo para comer, son el testimonio de una vida llena de Dios y dispuesta a sacrificarse siempre. En alguna ocasión le di jalón al hospital y sinceramente sentía, y sigo sintiendo, que estoy a años de luz de un ministerio tan bien llevado. Me encantaba escucharlo en la sencillez con que contaba lo que hacía y a él le encantaba que yo le contara de alguna locura que estaba pasando en la política de Estados Unidos y que él seguía con menos pasión que el “metiche” que soy yo.
Otra de las tareas que asumía con profundo amor era el sacramento de la reconciliación. Como todo un Cura de Ars, pasaba largas horas en el confesionario y a nosotros sacerdotes nos confesaba con una particular devoción. Confesarse con él era otra cosa. Se tomaba el tiempo para escuchar, pero sobre todo era sumamente especial el verlo orar por nosotros. Ahí salía a relucir sobre todo su gran devoción por la Divina Misericordia. Invocarla para él, era lo más natural. Puedo decir con seguridad, que en su caso no se trataba de una devoción, sino que era su vida misma.
La última vez que hablé con él, fue un día antes de que saliera de viaje para Denver a un tratamiento que esperábamos iba a aliviar sobre todo el dolor que experimentaba de manera permanente, desde hacía mucho tiempo atrás. Le pedí su bendición y se gastó unos 10 minutos orando por mí. Salí más edificado que nunca y aunque presentía que no lo volvería a ver, me quedaba la sensación de haber pasado un rato junto a un santo.
Los sacerdotes no somos seres de palo, somos hermanos y como en toda familia nos peleamos, nos reconciliamos y hay algunos que nos van sirviendo de modelo, por su edad o por su sabiduría. Por eso la muerte de este santo sacerdote me ha tocado profundamente. Más aún que, en las últimas semanas he perdido a varios amigos queridos y aunque pareciera que todavía no estoy en aquella edad en la que dicen que se va más a funerales que a cumpleaños, la verdad es que la muerte de un ser querido nos va recordando que debemos vivir a tope, vivir cada minuto con esperanza, con alegría. La muerte nos aguarda a todos, pero que lindo es poder esperar que cuando nuestro momento nos llegue, volveremos a encontrarnos con aquellos que hemos conocido y amado.

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