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“Una lámpara para ponerla debajo de una vasija…”

Al encuentro de  la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “Una lámpara para ponerla debajo de una vasija…” (Mt 5,13-15- V Domingo del Tiempo Ordinario) En toda la tradición bíblica la claridad, como la luz, son siempre atributos divinos, en Dios, en efecto, no hay nada de oscuridad, su ser está hecho de luz que irradia y resplandece.

Así, usando imágenes luminosas el hombre bíblico habla de Dios: “Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro”; “Tú luz Señor nos hace ver la luz”; “Lámpara para mis pasos es tu palabra”; “El Señor es mi luz y mi salvación”, una y otra vez se repite como un retornelo, que Dios es luz, y en Él no hay ni ápice de oscuridad.
En el Evangelio de hoy sorprende que el que ahora deberá emanar luz es el hombre: el justo, lleno de la luz de Dios, se convierte a la vez en lámpara que debe iluminar a todos los de la casa, y más allá de sus umbrales. “Ustedes son la luz del mundo”. De aquí que la celebración litúrgica de este domingo, hace que la Palabra proclamada encienda la llama de luz, que existe ya en las vidas y los corazones de todos los bautizados. Conscientes que aquél que resucitó de entre los muertos, vencedor de las tinieblas, es el que ahora nos pide que seamos parte de su luz.
Pero exige más: “Ustedes son la sal de la tierra”. Su énfasis está en el sabor que la sal puede dar a todos los alimentos. La notoriedad de la falta de sal al comer como su exceso se deja conocer al paladar. Marcos hablando de lo mismo, haciendo paralelo con este texto, señala que Jesús invita a sus discípulos a condimentar su vida fraterna con la sal del amor: “Buena es la sal; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará? Tened sal en vosotros mismos y estad en paz los unos con los otros” (9,50). Aún hoy entre los árabes están en vigor estas expresiones: “Os amo como amo la sal” o, para indicar la mucha empatía de los amigos, suelen decir, “hay sal entre ustedes”.
Este pequeño ingrediente que da sabor y gusto al comer, la Biblia, Jesús mismo, lo ha transformado en un signo espiritual, de alto contenido teológico, basado en el hecho de que la sal, es el testimonio que todos podemos dar, hasta el punto de contagiar al mundo entero.
En la antigüedad la luz, como la sal, aparecen como experiencias cotidianas de vida útiles y necesarias para llevar adelante el vivir. Así son de necesarios el buen ingrediente y la lámpara, imágenes sugerentes del buen testimonio, que alumbra y da sabor, a un mundo en oscuridad y sin la salinidad propia de la sal. Los cristianos discípulos de Jesús acogen su Palabra y se comprometen a dar lo que han recibido. Todo esto emana de Cristo mismo, por lo que sus seguidores no la adquieren en el establecimiento de compras, lo adquiere por gracia divina, que transforma la oscuridad en luz y lo insípido de nuestras vidas en sal que da sabor.
Exigente mensaje que nos regala el Señor, dentro de este gran discurso del Monte que hemos iniciado a leer el domingo pasado. Invito a todos, no sólo a meditar los textos que vamos tomando cada semana en el Día del Señor, sino también a tomar como tarea maravillosa la lectura pausada y meditada de todo este Evangelio de san Mateo. Insisto encarecidamente a retomar la Lectio Divina, como un propósito para este año que seguimos inaugurando en este segundo mes de febrero. Recordemos que es un método que ayuda a profundizar la Palabra Divina, para tener en ella un encuentro personal, vivencial y transformador con Dios.

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