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Misterio tremendo y fascinante

Misterio tremendo y fascinante
Jóse Nelsón Durón V.
Los lugares de memoria de lo sagrado, misterio divino y consagración devota para el encuentro, la adoración y la oración, son ciertamente “un espacio que, por herencia, apropiación o creación, se ofrece como escenario privilegiado de contacto con lo santo o lo divino”, afirma una nota o artículo sobre los Monasterios medievales. Estos lugares no son privilegios de la religión judía y cristiana, sino que todas las religiones los han dedicado como espacios especiales, considerando que la religiosidad humana y lo Numinoso, lo relativo o perteneciente a poderes divinos o mágicos, es inherente al hombre y a tono con la antropología filosófica que afirma: esta capacidad y tendencia a reservar espacios a la práctica religiosa se ha desarrollado “a lo largo de una fase prehistórica de preparación religiosa, que podemos extender a lo largo del Paleolítico inferior (principalmente a partir de la utilización del fuego por homo erectus, a lo largo de 600.000 años) y que denominaríamos período protoreligioso o período de la religión natural.” (Filosofía de la Religión). Es hartamente conocido la existencia de figuras y motivos en cuevas, a lo largo y ancho del mundo, que tienen un carácter religioso y que hacen sospechar la realidad del “buen salvaje” del Paleolítico, fruto de la interrelación entre la religión natural y la positiva y con probable raíz en el misterio tremendo y fascinante que el hombre siente ante lo divino.
La religión y la religiosidad humana esconden realmente sus orígenes en este misterio, develado en la santa Biblia en el suceso de la zarza ardiendo, cuando Moisés, con temor y temblor, palabras frecuentes en san Pablo (Ef 2,10; Flp 2,12, 2Co 7,15, Soren Kierkegaard dedica un libro), contempló aquella “zarza que ardía sin consumirse” (Cf. Ex 3, 2); le resulta atractivo y fascinante contemplar aquel misterio y tiembla al escuchar la voz de Yahvé  (“Yo soy el que soy”): “No te acerques. Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa” (Ex 3, 5). Mismo temor y temblor que le sobrepasa, pero acata Abraham, cuando el Señor Yahveh le dice: “Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga” (Gen 22,2) Misterio tremendo y fascinante que impulsó a aquel viejo obediente, que con pavor debe hablar a su hijo sin que le tiemble la voz, que le hizo mantener el cuchillo en alto mientras su amor se deshacía en temblor para cumplir la voluntad del misterioso Dios que le quitaba su más amado hijo y que por momentos le hace olvidar sus propias palabras, que después le servirán para nombrar aquel lugar en que había puesto la leña y el fuego, el sitio escogido para el sacrificio, con el nombre “Yahveh provee”.
Misterio tremendo y fascinante que trae a la capital a miles de personas para celebrar un año más de la aparición de aquella estatuilla de la Virgen María de Suyapa que inspira tanta devoción en el pueblo hondureño y que, imitando a Moisés, suben el monte para enfrentarse con temor y temblor al santísimo Dios y recogen todo granito de fe para venir a agradecer en persona un favor del cielo. Muchos peregrinos en sus lugares de origen y los miles que son locales alistan espíritus para recorrer de rodillas los 75 metros desde la puerta principal hasta el Altar, como muestra de agradecimiento a Yahveh, Señor de cielo y tierra, por un favor recibido por la intercesión de la Madre María de Suyapa. Van sobrecogidas por el fascinante misterio de la Eucaristía en que, en compañía de la Morenita, ofrecerán el sacrificio incruento del Hijo de Dios que sí fue ofrecido para la redención de los pecados del mundo. Ante tan fascinante misterio solo resta postrarse y decir con san Francisco de Asís: «¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él» Amén.

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