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Lo que la feria nos enseña

Lo que la feria nos enseña P. Juan Ángel López Padilla Claro, me refiero a la feria de Suyapa, porque esa es la que nos es común a todos. Las particulares, son esenciales para la vida comunitaria de una parroquia o incluso de una diócesis, pero la de Suyapa, es la de Suyapa.


La primera lección que nos deja es que, cuando se tiene amor las novenas no ajustan. La feria realmente termina siendo, al menos, un par de semanas. Se comienza, como lo ha sido en esta ocasión, antes del 25 de enero, que debería ser la fecha apropiada para ello y, además, termina después, porque este fin de semana y el domingo en el que se distribuye el Fides, es mayor la cantidad de personas que se acercan a venerar a la Morenita.
Segunda lección: me la dio un amigo. Resulta que, en los días previos a la fiesta de la Inmaculada Concepción de Suyapa, el tráfico por esos lados se pone bastante canino, iba a escribir “perro” pero me pueden censurar. El pobre venía en una cola que mis respetos e iba sacando, según su versión, lo más florido del vocabulario autóctono. Ese que se usa para referirse a la progenitora de los árbitros, a los políticos y sus picardías, etc. Pero cuando llegó a la altura de lo que era una simple procesión de unas “300 personas” como se atrevieron a escribir los de un rotativo de la capital, que no es La Tribuna, para referirse a la “mini-pere”, como bautizaron los muchachos, a la caminata del domingo pasado; se quedó helado de ver a unas viejitas caminando, rodeadas de lo que él supone eran sus nietos. Dice que se arrepintió tanto de haber ofendido al hijo de la señora, que me mandó un “guasalo”, es decir para los que no entienden el lenguaje de este nivel de comunicación, un mensaje por Whatsapp, y me preguntó si era válido confesarse por ese medio. La respuesta no se hizo esperar del otro extremo del Atlántico y le dije que, con todo y que admiraba su buen deseo de ponerse en paz con Dios, las cosas serias, no pueden ser virtuales. Así que a confesarse lo mandé. Después me escribió súper aliviado y contento, le había tocado un padrecito de los que ha entendido que el Tribunal de Dios, no es ni aduana ni sala de torturas. La segunda lección es que, contra el amor de una mamá, no hay que meterse y con esa “chiquitina” de Suyapa, menos.
Tercera lección: aunque no lo crean, hay muchos evangélicos que van a Suyapa en estos días. Una de ellas me mandó un correo que me hizo pensar tanto. “Cualquier cosa, sacerdote (no me dijo padre, hasta ahí no llegó), pero en Suyapa se siente la presencia de Dios.” La madre no hace jamás diferencia en sus hijos. Los ama y punto. Los del problema somos nosotros que criticamos porque fueron los militares, que fue el Presidente, que fue no sé cuál o tal y al final se nos olvida que, en el regazo de una madre, tienen cabida todos. Mejor que vengan todos, que ya se encargará Ella de, ajustarnos a todos, las tuercas, de una vida llevada así como así.
Cuarta y última lección: cada uno sáquela por su cuenta. A usted, ¿qué le dejó la fiesta de Suyapa?

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