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Homilía del Domingo 5 de Febrero de 2017

Homilía del Señor Arzobispo para el V Domingo del Tiempo Ordinario “Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo” (Mt. 5,13-161). Este es el encargo de Jesús a sus discípulos desde la montaña que representa las actitudes concretas, que los discípulos de Jesús estamos llamados a vivir en el mundo. Necesitamos acoger estas palabras como dichas por Jesús hoy a nosotros.

El empleo de “ustedes son” pone de relieve estas dos metáforas del Evangelio de hoy: “ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo”.
“Ustedes son la sal de la tierra”. La sal, en la cultura medioriental, evoca diversos valores como la alianza, la solidaridad, la vida y la sabiduría. La sal era un símbolo de gran importancia en la cultura de Israel, la sal da gusto a los alimentos y preserva de la corrupción. La sal, en sentido figurado, es también la expresión de la alegría de la vida. Pero, para que produzca su efecto, la sal necesita mezclarse y disolverse. Estamos llamados a ser “sal de la tierra”, porque hay en ella mucha corrupción ¿Qué hacer para tratar de evitarla? Se necesita mucha “sal” en la familia, en las escuelas, en las empresas, en los medios de comunicación, en las relaciones interpersonales, en la cultura, en la economía, en la política y en nuestra Iglesia ¿No tendremos que revisar nuestros comportamientos y hacernos más presentes, como sal, en estos campos? ¿Somos capaces de contagiar vida y esperanza en nuestro entorno?
«Ustedes son la luz del mundo”: La Luz es también un símbolo universal, luz que ha de brillar en las tinieblas e iluminar nuestros caminos. La tiniebla, en la cultura bíblica, es lo que se opone al “designio de Dios” y que ahoga la aspiración más profunda del ser humano: la aspiración a una vida plena y llena de sentido; la tiniebla también se identifica con la mentira; nace de la ambición y de la necesidad exagerada de reconocimiento, de poder y de protagonismo. La tiniebla, en definitiva, produce en el ser humano la ceguera, es decir, el ocultamiento del designio de Dios que es la Vida, impidiéndonos realizarnos plenamente.
¿Pero que es hoy para nosotros la tiniebla? La tiniebla es la ideología que impone el orden injusto creando en el mundo confusión y falta de sentido. Ésta tiniebla desemboca, con frecuencia, en amargura, en duda y desesperanza. En este mundo oscurecido por la tiniebla, Jesús nos invita a ser “luz en este mundo”: “Ustedes son la luz del mundo”. La luz, en sentido metafórico, es la vida en cuanto se impone con su resplandor y puede ser conocida. Por tanto, el cristiano, nosotros, como cristianos, somos invitados, con nuestro estilo y nuestro modo de vivir a ser: “luz para el mundo”.
¿Qué significan para nosotros hoy las palabras de Jesús “Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”? Significan que si nos dejamos configurar con Jesús seremos luz en medio de las oscuridades de la vida y un pequeño grano de sal que da sabor y gusto a una sociedad insípida. Estas palabras no son un certificado de superioridad sobre los demás, ni un título de honor, simplemente son una llamada a vivir consciente y responsablemente nuestra misión de ser fuerza transformadora en nuestro mundo. No sé si hemos caído en la cuenta que no se nos pide salar o iluminar, sino ser sal, ser luz.
Tal vez tendríamos que preguntarnos: ¿Qué esperanza hemos encendido en el mundo de los desesperanzados con quienes nos hemos encontrado? ¿De qué paz y comprensión hemos sido testigos con nuestra vida?
Una de las tareas más necesarias y urgentes que tenemos como cristianos es la de volver a “salar” nuestra fe al calor del Evangelio. Necesitamos redescubrir que la fe es sal que puede saborear y nos puede hacer vivir de una manera nueva todo: la vida y la muerte, la convivencia y la soledad, la alegría y la tristeza, el trabajo y la fiesta. Por eso, las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy que nos urgen a ser la “sal de la tierra y la luz del mundo”, nos cuestionan también, nos obligan a preguntarnos: ¿Somos los creyentes Buena Noticia para alguien? Lo que vivimos en nuestras comunidades, lo que se observa entre nosotros, ¿es signo y presencia del Reino para la gente de hoy? ¿Vivimos algo que pueda iluminar a las personas en estos tiempos de incertidumbre, y ofrecer esperanza a quien busca un sentido a la vida? ¿No padecemos una “anemia” de vida interior?
Esa Luz y esa Sal que constituyen la Buena Noticia de Jesús son visibles y se pueden reconocer en la vida de una comunidad cristiana, en la vida de cada uno de nosotros.
Es lo que dice Isaías en la 1ªlectura: en ti rom¬perá la luz como aurora, y se volverá mediodía la oscuridad cuando partas tu pan con el hambriento y sacies al indigente (cfr. Is 58,8-10).
Jesús nos quiere felices, nos quiere con una vida llena de sabor y plena de luminosidad. Una luz que ilumina toda zona oscura, y una sal que produce un gusto de vida nueva llena de sentido.
Y el texto evangélico termina diciendo: “Alumbre así tu luz a los hombres, para que vean sus buenas obras”. Para ser sal y luz del mundo, para que glorifiquen al Padre, lo importante no es el activismo, el protagonismo superficial, la ética legalista sino las buenas obras que nacen del amor a ese Dios que habita en lo profundo de nuestro ser. Cuando se tiene el coraje de no ocultar nuestros vacíos y pecados, de no usar máscaras, de ser transparentes… brillan las buenas obras y se glorifica al Padre que está en el cielo.
Hoy, nos volvemos al Señor para decirle: Cristo, tú eres nuestra verdadera sal y nuestra luz. Ayúdanos a ser como Tú: Sal de la tierra y Luz del mundo. Que la Luz que Tú nos confías reavive los lugares aprisionados por las tinieblas, que tu Sal dé sabor y sentido a nuestra vida humana.

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