Los buenos serán dichosos

Los buenos serán dichosos Jóse Nelsón Durón V. Las consecuencias económicas de la globalización, profetizadas y denunciadas por la Iglesia con anticipación asombrosa, sumadas a decisiones políticas y acuerdos desacertados, han afectado a países desarrollados y, desgraciadamente,

también a los hombres y familias comunes, de las que hacen de tripas corazón para subsistir en un mundo crecientemente metalizado y socialmente dividido por las injusticias; marginaciones; tasas de empobrecimiento y de miseria crecientes; sed;  hambre; carencias materiales, espirituales, morales y anímicas, y falta de salud, salubridad, trabajo y oportunidades. El mundo ha contrastado las minorías cada día más opulentas y la desolación y desesperanza de poblaciones cada vez más miserables, situación que la santa Madre Iglesia basada  en el depósito de la fe denuncia; defiende y pide el bien común, y dice la verdad inspirada por el Espíritu Santo en cumplimiento de la misión a ella encargada y con la autoridad del Señor, su Cabeza divina y eterna, que le dice constantemente: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10,16; Biblia de Jerusalén). La globalización tiende a generalizarse en todos los ámbitos de la vida: comercial, económico, social, cultural y moral; veamos el caso de la invasión de las costumbres, la moda, pérdida de cultura y valores que ha traído como consecuencia la extraordinaria difusión de los medios y la influencia callada que ejercen las culturas apabullantes de sociedades que orquestan y dirigen el mundo; la ideología de género, la cultura de la muerte, el consumismo, el relativismo, el capitalismo grosero y tantos ismos también advertidos por la Iglesia.
Cuántos caminamos por la vida afirmando creer en Dios y viviendo de cualquier manera; actuamos respondiendo a las circunstancias según los vaivenes de nuestros sentimientos; así nos ha enseñado el erudito actual, los opinantes, algunos medios que se han alejado de Dios y corren detrás de la noticia sin preservar la dignidad del afectado; sin dar un paso a la Iglesia, a la oración, al Sacramento, al bien común y al sentido de la justicia y de la vida. Si nos esforzamos en escribir bonito y tendido deberíamos intentar hacer conciencia, formar opinión, crear cultura, predicar, anunciar el evangelio sin derrochar veleidad y vanidad; si decimos creer en Dios y caemos rendidos ante la Biblia, procuremos escuchar la voz de Dios para proclamar su magnificencia, misericordia y amor en toda su misteriosa realidad. Nos dice el Señor que el camino es estrecho pues conoce de la cortedad, pequeñez y egoísmo humanos, sabe de nuestra dificultad para caminar por lo ancho, para caminar al lado, tomados de la mano y sin echar atrás a los que menospreciamos y sin poner adelante a quienes idolatramos. Ésta es nuestra misión: aprender a caminar juntos; que sea mío el dolor del otro y hacer que quepamos en la senda la mayoría; otear el entorno para escudriñar y discernir los signos de los tiempos e invitar a otros al reino del amor, la verdad, la comprensión y la paz.
El Señor Jesús subió al monte y se sentó, nos dice san Mateo; sin perder tiempo comenzó a darnos pistas para capacitarnos para la misión y para aquellas palabras que a muchos sonaron duras, como muros inexpugnables: “Toma tu cruz y sígueme”. Sus dulces palabras de aquel momento resuenan por la eternidad en los oídos buenos: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos… los que lloran, porque serán consolados… los sufridos … los que tienen hambre y sed de justicia… los misericordiosos… los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios… los perseguidos por causa de la justicia… Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”. Programa de vida que explayó por medio de parábolas y condensó en su discurso desde la colina; en nuestras manos está cumplirlo y ayudar a otros a seguirlo. Como nos enseñó el padre Ignacio Larrañaga, es necesario preguntarse siempre: ¿Qué haría el Señor Jesús en mi lugar?

A %d blogueros les gusta esto: