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“Bienaventurados”

Al encuentro de  la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “Bienaventurados” (Mt 5,1-12 – IV Domingo del Tiempo Ordinario) Llegamos hoy en el itinerario bíblico que domingo a domingo vamos recorriendo a los pies de la montaña, donde juntos a los discípulos nos pondremos a los pies del Maestro para escuchar su palabra.

Este será el primero de los cinco discursos que son como las columnas que sostienen todo la obra del Evangelio según Mateo. Con la subida de Cristo al monte, vemos a ese nuevo Moisés, que sentado en el nuevo Sinaí, nos ofrece las definitivas palabras de Dios. Y los primeros destinatarios son precisamente los “pobres en espíritu”, una expresión bíblica para indicar a quien tiene el corazón, la conciencia y su interior más profundamente “pobre”. Este término une las tres lecturas de este domingo.
La figura del “pobre” en la Biblia tiene varios significados. El término original hebreo ‘anawin’ indica a los que están encorvados, es decir, oprimidos por los gobernantes poderosos, víctimas indefensas que eran la gran mayoría de la población. Pero esta definición es incompleta. Los “anawin” son también los temerosos de Dios, los mansos, los humildes. A éstos se refiere Mateo, al llamarlos “pobres de espíritu”.
Con la afirmación del evangelista, quedamos claro que hay pobres económicamente hablando, que son egoístas y engreídos de corazón, apegados a única moneda que poseen. En cambio, éstos son los que están concreta e interiormente desapegados de las cosas y son fieles a Dios en todas las circunstancias de la vida.
Jesús para ellos y la gran categoría de los justos para Dios, su Padre, usará el maravilloso término de: “Bienaventurados”. La bienaventuranza fue una forma literaria usada por el Antiguo Testamento para celebrar la felicidad del justo que confía su vida al camino indicado por Dios y no se deja seducir por el encanto perverso del mal. Éste término resuena 26 veces en los Salmos y 31 veces en el resto del Antiguo Testamento.
Ahora bien, la bienaventuranza refería a un estado pleno de bienestar, en el éxito, en la prosperidad, signo de la justicia del hombre recompensada por la bendición divina, enmarcada en la ley de la retribución. Jesús de manera paradójica le da un vuelco al término. Llama bienaventurado incluso al que vive el infortunio y es señalado como desventurado por el común parecer de la gente. Los bienaventurados los pobres, los hambrientos, los que padecen dolor e incluso la persecución.
El término para nuestra real situación revindica la esperanza que Dios hoy y siempre hará justicia a los pobres de la tierra, a los sufridos víctimas de la violencia enajenante de los orgullosos y poderosos de la tierra. Dios no se olvidará de los que han sido pisoteados por otros que se han creído superiores a los demás y les hará justicia, en esta vida y sobre todo en la vida del cielo, donde la bienaventuranza será consumada de manera plena, revestida de consuelo, saciedad, herencia definitiva que lleva al gozo perfecto e imperecedero.
De aquí que el discurso de las Bienaventuranzas sea un proyecto programático de Jesús para la vida de sus discípulos que les recuerda, como bien lo ha señalado el evangelio de Juan: “En el mundo tendrán luchas, pero tengan ánimo, Yo he vencido al mundo”.

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