Buenas Nuevas

“Paseando Jesús junto al lago de Galilea…”

Al encuentro de la palabra… según San Mateo para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Paseando Jesús junto al lago de Galilea…”
(Mt 4,12-23 – III Domingodel Tiempo Ordinario)
Con la liturgia de la Palabra de Dios de este domingo, se retoma de manera solemne la llegada de la luz a un pueblo que caminaba en tinieblas, como lo señala la primera lectura (Is 8,23; 9,2), pero no recién nacida sino hecha ya adulta: “Paseando Jesús junto al lago de Galilea…”. Esa luz que profetiza Isaías, está ahora encarnada, hecha vida e historia nuestras, su nombre: Jesús de Nazaret. Para el Evangelista Mateo, Jesús ese desconocido hasta entonces es la figura del Mesías esperado, espléndida sorpresa de amor de Dios, para un pueblo sin esperanza.
El símbolo de la luz, clásico en todas las regiones del mundo, para hablar de la divinidad, señala la iniciativa de Dios que rompe su aislamiento y se dirige al hombre, lo envuelve y lo involucra en su luz, en su vida.
Es clarísimo que para la Biblia, el interés primario de ella es manifestar que es Dios quien primero se interesa por nosotros, antes que nosotros nos interesemos por Él. Así lo manifiesta el propio evangelista al poner junto a este lago de Galilea, el escenario de la llamada de los primeros discípulos. Jesús viene con conocimiento de causa a elegir a estos humildes pescadores de la Galilea. En la tradición judía eran los alumnos que elegían a su rabí-maestro, Jesús cambia novedosamente el método, al llamar a través del imperativo: “Sígueme”. Y, ellos ante la irrupción de Dios en su historia personal, dejan caer las redes y se embarcan en una aventura mucho más misteriosa de que vivían sobre aquel lago a menudo infiel pero también rico de peces.
Jesús pasa y hace un llamado que es casi una orden. Y, este es el inicio de la maravillosa historia de un grupo de Doce elegidos, que serán llamados “apóstoles”, es decir, “enviados”. En la última noche de su vida terrena, en el Cenáculo, Jesús recordará a sus discípulos: “No me habéis elegido vosotros, sino yo os he elegido”. Ellos no pueden olvidar, tan importante constatación, la llamada es iniciativa del Señor, nadie puede arrogarse tan misteriosa elección. En cada llamada hay un don de gracia y un amor de predilección.
En Betsaida la exigencia se hace más radical en su seguimiento: “El que ama al padre o a la madre más que a mí; el que ama al hijo o a la hija más que a mí no es digno de mí; el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10,37-38). Uno de estos pescadores llamado en esta primera hora, no sólo dejará las redes y su barca, sino también tendrá que perder su propio nombre Simón, para ser transformado en Pedro; más aún, después de haber perdido no sólo el padre y a la madre y las redes de pesca y la barca, sino también su vida misma en gran capital del imperio Roma entre los años 66/67 d.C. Pero de esos dos desapegos, el inicial de Betsaida y el terminal de Roma, florecería un gran destino de vida y de gloria: “Bienaventurado tú Simón, hijo de Juan… Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,17-18).
Con la llamada que recibe cada cristiano, se comprende que el cristianismo no trata de una filosofía, no es una idea, ni mucho menos un mito del pasado; el cristianismo no es tampoco un libro que narra una historia sagrada. En verdad, éste presenta y motiva el encuentro real con una persona, que murió más aún que resucitó y vive para siempre. Él es el que llama a su seguimiento ayer, hoy y siempre.

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