Opinión Punto de Vista

Clamor de Justicia

Clamor de Justicia
Víctor Hugo Álvarez
Director Semanario Fides

El asesinato de un periodista o comunicador social, independientemente del rubro informativo que maneje, siempre es emblemática y refleja la intolerancia de aquellos grupos o sectores que se sienten afectados por la labor que realiza.
El asesinato de periodistas siempre conmociona a la sociedad y tras ese estremecimiento va también el repudio hacia todos aquellos actos que culminan quitándoles la vida a ciudadanos, algo muy común ahora en Honduras. Nuestra sociedad ve con horror como día a día se enlutan familias y se truncan vidas valiosas, sobre todo de jóvenes y mujeres que son prospectos para la misma nación.
Cuando se ultima un comunicador, que según cifras del Comisionado Nacional de los Derechos Humanos ya suman 69 los asesinados en los últimos años, salta inmediatamente el síntoma de lo dañada que esta nuestra sociedad.
La labor de los periodistas es vital para el desarrollo de una sociedad que se precia de su desarrollo y del respeto a los derechos fundamentales de las personas, entre los que fulgura el derecho a la información y a la libre expresión del pensamiento.
No se puede negar que la labor del periodista repercute en la formación de la conciencia social cuyo fruto es la generación de opinión pública, lo cual es vital para la democracia. El asesinato de un periodista es entonces la negación de esa labor y una manifestación clara, inhumana e ilegal que tiende a eliminar a aquellos que no piensan u opinan como un sector o grupo quisiera que el conglomerado pensara.
Los crímenes contra los comunicadores del país es una señal inequívoca que la intolerancia se ha apoderado de Honduras, que la división en que vivimos no nos permite ejercer el razonamiento para la búsqueda de consensos que nos ayuden a salir de la debacle en que estamos inmersos.
Todos los días hay crímenes en el país, al cual más escalofriante. Cotidianamente hay dolor en los hogares por el asesinato de seres queridos, pero aunque esta horrenda situación atemoriza, es más dañina la impunidad en que esos crímenes permanecen.
Poco o nada se sabe de los asesinatos de los comunicadores sociales y de centenares de compatriotas y aunque se publiciten los esfuerzos para encontrar a los culpables de esas muertes y el control de las actividades delictivas, los resultados no son los esperados por la población.
La impunidad es un mullido colchón para la actividad delincuencial y eso no parece entenderse, porque en la medida en que se desconozca a los hechores de tanto asesinato, sus autores intelectuales y materiales sentirán que su accionar está garantizado.
Los crímenes emblemáticos como el de los periodistas Igor Padilla, Alfredo Villatoro, la ambientalista Berta Cáceres y los demás, motivan a las autoridades de investigación y judiciales a actuar con celeridad, pero esa celeridad se desvanece a medida que avanza el tiempo sin resultados concretos.
La población resiente que no se actúe de la misma manera con las víctimas que a diario se suscitan en el país, cuyos casos palidecen cubierto por nubes de polvo o indiferencia en las oficinas de los entes encargados de investigar y hacer justicia.
Seguir por el camino de la impunidad, sólo nos llevará a escenarios cada vez más sangrientos y dolorosos. Por ello es necesario redoblar los esfuerzos para investigar todos los crímenes que se cometen, pero más allá, para tomar las medidas preventivas para que la cultura de la muerte no fortalezca su empoderamiento en nuestro país.
Un accionar rápido los órganos creados para investigar todos los casos e impartir justicia, encontrando a los verdaderos culpables, fortalecería la institucionalidad, pero lo más valioso es que esos organismos se tornarían creíbles ante los ojos de una sociedad expectante y aterrorizada que a diario experimenta como los sagrados derechos a la vida, a la tolerancia, la justicia y la paz, pierden valor en Honduras.

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