Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Violentos y violentados

Violentos y violentados
Diac. Carlos E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
Dos documentos recientes del Papa Francisco me llevan a abundar en un tema del que se habla mucho, quizá demasiado, aunque es probable que estemos condenados a seguir escribiendo, leyendo y hablando de él, mientras no se le ponga remedio.En efecto, tal parece que la violencia ha llegado a ser una segunda naturaleza para la mayoría de las gentes de casi todos los pueblos, unos desempeñando el papel de víctimas y otros el de victimarios.
El 28 de diciembre, con motivo de la fiesta de los Santos Inocentes, al recordar aquella terrible masacre perpetrada por Herodes, el Santo Padre decía con dolor que hoy seguimos cometiendo el mismo genocidio, sin duda a mayor escala, a manos de los nuevos Herodes, que destruyen la alegría e inocencia de los niños. “Una inocencia desgarrada bajo el peso del trabajo clandestino y esclavo, bajo el peso de la prostitución y la explotación. Inocencia destruida por las guerras y la emigración forzada, con la pérdida de todo lo que esto conlleva. Miles de nuestros niños han caído en manos de pandilleros, de mafias, de mercaderes de la muerte”.
El 1º de enero, al recordar la violencia del siglo pasado, hace ver que no es fácil saber si ahora hay más o menos violencia, ya que los modernos medios de comunicación y la movilidad humana, permite hacernos quizá más conscientes de ella, aunque se corre el riesgo también de acostumbrarnos a ella, como parece estar pasando en Honduras, donde muchos ya han perdido la capacidad de sentir espanto y rechazo. Frente a esto propone la no violencia.
“En esta ocasión –dice- deseo reflexionar sobre la no violencia como un estilo de política para la paz, y pido a Dios… que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Que la no violencia se transforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas”. Y más adelante –recordando también las persecuciones a los creyentes, afirma con claridad, firmeza y contundencia: “Ninguna religión es terrorista. La violencia es una profanación del nombre de Dios”.
Como en Belén, en aquel tiempo, hoy en varias ciudades y pueblos de Honduras se escucha el llanto de muchas madres, porque han matado sus hijos, muchos de ellos inocentes o pequeños. Son ya tantos los menores que quedan en la orfandad porque la violencia les ha privado de sus padres. Otros tantos mueren por la falta de medicinas que generó la feroz corrupción. La pobreza orilla a muchos a abandonar escuelas y colegios. Otros se arriesgan a emprender el camino de la migración, sufriendo hambre, frío, vejámenes, explotación y hasta muerte. ¡No! No hemos adelantado muchos desde los tiempos de Herodes. Y ahora no son decenas de niños, sino cientos de miles. El Pontífice nos hace ver que la violencia nunca puede ser herramienta del cristiano. Nos invita, por el contrario, a recorrer los caminos de una no violencia activa, que denuncia, que lucha, que coopera. Hay que romper las cadenas de la violencia y de la injusticia, respondiendo al mal con bien (Cf. Rm 12, 17-21).

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