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“Cordero de Dios”

Al encuentro de la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina “Cordero de Dios” (Jn 1,29-34 – II Domingo del Tiempo Ordinario) Jesús en el inicio de su ministerio público viene señalado por Juan: “He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo”. Difícil comprensión para el pueblo, la manera como Juan presenta al sencillo maestro que inicia su actividad apostólica entre sus hermanos.

Para el lenguaje bíblico las referencias son mucho más significativas que las que han hecho el arte religioso, que nos ha hecho pensar en la imagen de mansedumbre o de víctima del cordero.
“El cordero” aparece en primer lugar en la historia bíblica, cuando Israel sale de Egipto después de comer la cena pascual, dónde el plato fuerte lo era precisamente el cordero. Ese animal, cuyos huesos no debían ser rotos, perfecto, de un año, luego se convertiría en el emblema de un don grandioso, el de la liberación política-espiritual de todo un pueblo. No por nada, san Juan, Jesús fue condenado a muerte a mediodía de la vigilia de Pascua (19,14), precisamente en el momento en que los sacerdotes empezaban a sacrificar los corderos en el Templo para la fiesta de Pascua. Y, al momento de la muerte, Cristo va a ser herido en el costado, con las piernas intactas, como el cordero de Pascua perfecta al que “no se le rompió ningún hueso” (19,36).
Luego en Isaías aparecen los famosos cánticos del Siervo de Yahvé. En el capítulo 53, señala cómo este siervo, va “como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante sus esquiladores” (53,5).
Con la presentación de Juan, entramos al reconocimiento de la presencia de Jesús en el marco de toda la economía de la salvación. Jesús es en verdad el enviado definitivo del Padre, que viene a tomar sobre sí el pecado de los hombres sus hermanos. Entre otras cosas – si fuera cierta esta curiosa hipótesis avanzada de algunos estudiosos – el Bautista hablando en arameo hubiera usado el término ‘talya’ que significa tanto “cordero” como “siervo” del Señor. Cristo es, pues, el que se ofrece libremente a sí mismo para quitar el pecado del mundo y reconducir a Dios a todos sus hermanos en la carne.
Llama poderosamente la atención, que Juan pudo haber escogido otro título para presentar a Jesús, pero ha preferido éste, el que lo vincula a la raíz definitiva que da origen al mal en el mundo y de quién sólo Él puede ser el remedio. Juan sabe dónde está la única medicina que podrá limpiar y erradicar la antigua condena llegada a nosotros por la desobediencia de nuestros primeros padres: Adán y Eva.
El anuncio y el señalamiento de Juan, es todo un anuncio de Kerigma y de Pascua. Aquí está con nosotros el cumplimiento de todas las Buenas Nuevas, aquí está el que se sacrificará por todos, para ser Palabra y Vida, ya no en promesas sino en la realidad de su presencia.
Este animalito sencillo y manso se convierte, pues, en el Nuevo Testamento con la presentación que el Apocalipsis hace de él, en el símbolo más luminoso para descubrir el sacrificio de Cristo y su Pascua perfecta y profundamente liberadora. De aquí pues, que en esta línea de presentar a Cristo glorioso y triunfante, todo el libro del Apocalipsis le llama por 28 veces el “Cordero” por excelencia, que borró definitivamente el pecado del mundo.

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