Noticias en desarrollo

Manifestación

Manifestación Diac. Carlos E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com La Epifanía nos actualiza, año con año, el relato de los magos. No nos vamos a referir a si eras tres, eran reyes, de dónde exactamente venían o cuáles eran sus nombres.

Las piadosas leyendas se han encargado de éstos y otros temas relacionados con ellos. Lo esencial es un Dios que se manifiesta a la humanidad. No se trata de cualquier revelación, sino de aquélla que tiene que ver con el misterio mismo de Dios. Dios se nos presenta.
Aunque Epifanía ha quedado indisolublemente ligada a los magos de oriente, es relativamente fácil ver esas otras manifestaciones de Dios a los primeros padres y a los patriarcas, entre los que sobresalen Noé, Abraham y Jacob. Hay epifanías para los conductores del pueblo liberado: Moisés y Josué. Luego será el turno de los profetas, algunos de los cuales describen una manifestación divina con gran boato, como en el caso de Ezequiel, mientras que para otros, Dios se manifiesta silenciosamente, como le pasó a Elías.
Hay manifestación a la llegada del Salvador, no sólo a los magos, sino también a los pastores y a algunas otras personas servidoras de Dios. Hay epifanías especiales en el Bautismo del Señor y en la Trasfiguración, frente a diverso número de testigos. El mismo resucitado, según el testimonio de Pablo, se apareció a más de 500 hermanos.
La pregunta que cabe es, si después de la Ascensión, y durante la vida de la Iglesia, se han seguido dando estas manifestaciones divinas. La respuesta es que sí, y de tres maneras distintas. La primera es la directa. De hecho, la Iglesia ha reconocido esas manifestaciones directas e indirectas de Dios a personas escogidas, no para ampliar la revelación, sino para puntualizar algunos aspectos, o para recomendar renovadas prácticas de vivencia evangélica.
La segunda manera es la esencia misma de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Toca a la Iglesia dar a conocer al Dios Trinitario, como Creador, Padre providente y misericordioso, como Redentor del mundo y como Espíritu Santificador. La Iglesia debe ser epifanía para el mundo.
Hay otra manifestación de la que se habla menos. El cristiano coherente, que vive conforme a su condición de hijo adoptivo y heredero de Dios, lo manifiesta con su palabra y obra. Cada bautizado ha recibido esta misión y debe cumplirla.
Por eso, en esta Epifanía, nos preguntamos si estamos cumpliendo este cometido obligatorio, pues es parte del amar a Dios y al prójimo. ¿Somos epifanía para cada uno de los hijos que nos han sido confiados? ¿Somos epifanía en nuestra parroquia, edificando a la comunidad de creyentes y siendo testigos del Señor frente a los no creyentes? ¿Somos epifanía entre nuestros amigos, en el trabajo, o en nuestro país? ¿Descubren los demás el rostro de Dios en nuestra manera de vivir?
Gran tarea, enorme responsabilidad. Pero recordando que “el Señor es mi luz y salvación” (Salmo 26). Por eso compartiré con mis hermanos el brillo de su estrella.

A %d blogueros les gusta esto: