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Epifanía y adoración

Epifanía y adoración Jóse Nelsón Durón V. La definición de los fundamentos de la fe ha debido contar con la prudencia y sabia contribución de la Iglesia que peregrina ecuánime y sabiamente, desde sus primeros días a partir de Pentecostés, por los caminos del misterio divino, siguiendo la revelación de Dios por las enseñanzas del Antiguo y del Nuevo Testamento

, y las del Señor Jesús a sus apóstoles y discípulos, así como por la sagrada tradición, que informa y autentica el dato bíblico, por provenir de los padres de la Iglesia que de primera mano conocieron los acontecimientos, testimonios, enseñanzas, celebraciones y dichos, que ha servido para colegir qué tiene solidez teológica para formar parte de las Sagradas Escrituras y qué puede celebrarse, permitiendo alguna vaguedad literal de los hechos descritos, como el verdadero origen de los reyes magos, su número, ocupación, el regalo que llevó cada uno, la naturaleza de la estrella que siguieron… no olvidemos que vaguedad tiene resonancias de Misterio y cada uno puede ser inspirado, instruido o enseñado por el Espíritu Santo por cualquier medio cuando ora, medita o estudia, porque el Espíritu, como el viento, sopla por donde quiere. La Iglesia ha debido absorber, sin reprimir, celebraciones precristianas y asimilarlas a la celebración cristiana para iluminar hechos efectivamente consignados en los Evangelios, sin reparar en racionalismos y críticas fariseas y mundanas, al estilo y modelo de los modernos fundamentalistas, que abundan también entre los hermanos protestantes.
Tal es el caso de la Epifanía del Señor que la Iglesia observa como celebración de la venida de los Reyes Magos, hombres de ciencia y conocedores de las Escrituras (Mt 2,2.6), presentándolos como primicias de los gentiles que adoran al Señor de todos los pueblos. El Evangelio de san Mateo (2,1-12) consigna la visita y establece su procedencia de Oriente. Se afirma que los Reyes Magos al regresar a casa fueron bautizados por santo Tomás y trabajaron mucho por la propagación de la fe en Cristo, hasta el punto de ser martirizados. Un escritor ariano del siglo sexto, citado a su vez por san Crisóstomo (P.G., LVI, 644), que admite estar basado en el libro apócrifo de Seth, escribe mucho acerca de los Reyes Magos. La catedral de Colonia contiene los alegados restos de los Reyes Magos que fueron descubiertos en Persia, traídos a Constantinopla por santa Helena, transferidos a Milán en el quinto siglo y a Colonia el año de 1163 (Acta SS., I, 323). La tradición fija sus nombres como Gaspar, Melchor y Baltazar y el Evangelio sus regalos: oro, incienso y mirra, haciendo consonancia entre ambas precisiones.
Sirva este apoyo para resaltar el largo caminar de la Iglesia por las sendas espirituales en el descubrir paulatino del misterio de Dios, especialmente en la Epifanía del Señor, que tiene tres momentos: la venida de los Reyes Magos, el Bautismo del Señor y las Bodas de Caná. Otros momentos de igual o mayor significancia son la Transfiguración en el Monte Tabor y la expresión maravillosa que sucede en cada Eucaristía, con la presencia real del Señor Jesús por la transustanciación del pan y del vino en el cuerpo, sangre, alma y divinidad del Señor Jesús, alimento espiritual de los cristianos que al altar se acercan. Quisiera invitarles, desde el corazón mismo del misterio de la Encarnación de Jesús, a conocer de primera mano el significado de adorar que nos traen desde Oriente estos sabios acostumbrados a ver hacia el cielo, estudiar las santas Escrituras y a salir resueltamente de camino con sus experiencias religiosas a la mano, convencidos de no toparse consigo mismos, sino con Dios al final del Camino. Que la historia espiritual propia no es más que el diálogo amoroso de Dios y uno mismo; entretenidos en la luz que surca el firmamento, sin más importancia que el Camino abierto por el primer resplandor que hizo vibrar las fibras más íntimas de las almas. Adorar es una palabra de tonos profundos y claroscuros inapresables, propia de corazones enamorados, confidencias muy íntimas y rendiciones, postraciones y abandonos; de almas rendidas al amor, la grandeza, al rey que nace y que crecerá en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. Adorar es contemplar y amar dejándose amar; es pleitesía en silencio, sometimiento y concesión. Por eso: “… al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.” (Mateo 2:11, versión Reina-Valera 1960).

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