Homilía del Domingo 25 de Diciembre de 2016

Homilía del Señor Arzobispo para la Fiesta del día de Navidad 2016 Y la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria (“Jn 1,18”) La palabra se hizo carne”, esta es la afirmación fundamental del Evangelio de este día en el que seguimos celebrando que el Nacimiento de Jesús no es un mero hecho histórico, sino que es mucho más, Él viene a nuestro encuentro y nos acoge a todos, acoge nuestra condición humana, frágil y limitada.


“En el principio ya existía la Palabra”. El término griego, (logos), significa mucho más que Palabra… “Logos” es más bien “sentido”, que se expresa en la Palabra… Habría que traducir mejor que “en el principio estaba sentido;” el sentido de todo… Esa realidad última que llamamos Dios…. En el principio existía el Amor, Alguien, que sustenta todo y da sentido a todo. En el principio no existía la nada. De la nada, nunca nace nada. En el principio existía Alguien, existía el Misterio, el Amor… Este Amor está en el origen de todo. De este amor ha surgido el gran designio del Padre: la Vida. En Navidad celebramos la Vida de Dios en nosotros, en cada uno de los que estamos aquí reunidos. ¿Somos conscientes de que estamos sumergidos en un océano inmenso de amor?
“La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre”.   El, Cristo, es luz interior que alumbra nuestra oscuridad, que alumbra nuestro corazón, con la claridad de su amor. Esa Luz es más fuerte que nuestras tinieblas.
“Vino a su casa y los suyos no la recibieron”.  No es una metáfora piadosa decir hoy que Dios “vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron” ¿Qué quieren decir estas palabras? Quieren decir que en todos nosotros está la dramática capacidad de poder rechazar el amor; poder elegir el camino que lleva a la vida o el camino en el que nos podemos malograr; significa también nuestra propia ceguera en la que podemos confundir la luz con la oscuridad. Dios puede no encontrar un lugar entre nosotros.
Dios no tiene casa en los “campos de refugiados”, en los que sufren el hambre, el odio y la guerra en Oriente Medio, en Irak, en Siria, en Burundi, en Congo, en Sudán y en zonas conflictivas de nuestro planeta. En muchos lugares de nuestra Honduras. Dios, a veces, tampoco tiene casa en nuestro corazón cuando no podemos o no queremos acogerlo… Que nos podamos abrir al drama de los refugiados, de los inmigrantes, de los ancianos que viven solos, y de los más pobres y necesitados… Nos preguntamos: ¿Tenemos un espacio para Dios en nuestra vida cuando Él trata de venir a nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para Él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos?
“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.  Es llamativo que el evangelista utiliza el término “carne” en vez de “hombre” ¿Qué significa afirmar que La Palabra se hizo carne? Significa, que en Jesús, Dios ha asumido nuestra condición humana frágil, con todas sus debilidades y limitaciones, nuestra vulnerabilidad, tal como hoy la vivimos.  Sí. Podemos repetir con alegría: “la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. Ciertamente Dios ha bajado a lo profundo de nuestra existencia y sin embargo la vida nos sigue pareciendo vacía. Dios ha acampado entre nosotros, y parece estar totalmente ausente de nuestras relaciones. Dios ha asumido nuestra carne y seguimos sin saber vivir ajustadamente nuestra condición humana. Dios no asumió una humanidad abstracta sino un ser histórico: Jesús de Nazaret; Jesús conoció la sed, la soledad, las lágrimas por la muerte de un amigo, la alegría de la amistad, las tentaciones y el horror a la muerte. En Jesús, Dios acoge la fragilidad y la impotencia de nuestra condición humana. Esto es profundamente liberador. ¿Seremos nosotros capaces de aceptarnos también en nuestra fragilidad?
Y el Evangelio termina afirmando: “Hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad”.  La vida que se ha manifestado en Jesús se hace presente con esta fuerza de amor, más poderosa que nuestras tinieblas, más poderosa que la muerte y que nuestros infiernos. Nuestro mundo ha sido visitado definitivamente por Dios en el hombre Jesús de Nazaret y, por medio de Él, Dios dice al mundo y al ser humano: Yo te amo. Y ya en nuestras noches se enciende una luz que no se apaga. Porque la fuerza de la Vida ha triunfado en la mañana de Pascua.  Ese Rostro que destruye la muerte es el del Amor infinito de Dios que ha llegado hasta nosotros.
Hoy estamos invitados a abrirnos al Misterio de Dios que ha aparecido en Jesús. Nosotros podemos ver la vida brillar en Él, en esta Fiesta de Navidad.
En este domingo podemos decirle: ¡Ven, Palabra hecha carne! ¡Ven a ser el corazón del mundo renovado por el amor y la misericordia! ¡Ven especialmente allí donde más peligra la suerte de la humanidad! ¡Tú eres “nuestra paz”! (Efe 2,14).

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