Homilia

Homilía del Domingo 4 de Diciembre de 2016

Homilía del Señor Arzobispo para el II Domingo de Adviento
“Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt.3, 1-2)
Estas son las palabras con que Juan Bautista nos hace una llamada urgente a la conversión: “Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos”.
Juan es un profeta original que rompe con su familia y la tradición sacerdotal y se sitúa en el desierto de Judea, un lugar de silencio y de soledad, allí invita al pueblo a una conversión radical. Sus palabras son también para nosotros hoy. La predicación del Bautista produce una cierta conmoción popular: Hay una afluencia masiva que manifiesta el descontento del pueblo con la institución religiosa y sus dirigentes.
¿Qué predicaba Juan?: “Conviértanse porque está cerca el Reino de los Cielos”.
Primero, “Conviértanse…”. que en griego significa un cambio de mentalidad y, en hebreo significa un cambio de orientación. La conversión es una llamada a una renovación profunda de nuestra vida. Necesitamos una profunda transformación de nuestra propia vida, de nuestras actitudes, de nuestros comportamientos, de la manera de vivir nuestras relaciones, de nuestras actividades… esa transformación se proyectará en un cambio de nuestra sociedad y de nuestro mundo. ¿Haré un cambio profundo en mi vida en este Adviento?
Segundo, “Porque está cerca el Reino de los Cielos”. Sí, está cerca, está cerca de nosotros y de todo ser humano. El Reino es Jesús personalmente… El Reino es Alguien que camina a nuestro lado, que conoce en su propia carne nuestras alegrías, nuestras frustraciones, nuestros sufrimientos. Él es una Presencia en nuestra vida, una Presencia en nuestro corazón. Ciertamente el Reino ha llegado de manera plena en la vida y en la resurrección del Señor. En Jesus ha aparecido el Reino. Pero el mundo sigue aún sumergido en sus contradicciones y violaciones, liquidando la justicia, la paz y la fraternidad entre los seres humanos.
Juan añade: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. Juan nos invita también a preparar un camino al Señor. Para ello, cita el texto de Isaías… Estas palabras hacen referencia a ese camino. Como si dijera: es el Señor que viene de nuevo y hay que prepararle un camino: necesitamos abandonar los caminos ambiguos y preparar el camino de nuestra liberación. El camino del Señor pasa a través del desierto, eso indica que es el camino de la liberación. Es decir, quiten los obstáculos que impiden la llegada de Dios a nuestra vida, que no bloqueemos las puertas de nuestro corazón a su Presencia. Podríamos preguntarnos, ¿puedo preparar este camino al Señor en mi vida?
Se trata de no cerrar las puertas a Dios o de abrirlas y acogerle a Él que viene a nosotros, que viene a liberar nuestra vida y a llenarla de sentido. Cuando vivimos buscando siempre la satisfacción inmediata y el placer a cualquier precio ¿Podemos abrirnos al Misterio último de la vida que es Dios? Si vivimos privados de interioridad ¿no nos estaremos privando de encontrar un sentido a nuestra vida?
El texto del Evangelio de hoy termina diciendo. “Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Juan aparece como un hombre no integrado en la sociedad y distante de los convencionalismos sociales. Así lo demuestra el lugar donde aparece el desierto y su manera de vestir y alimentarse.
El evangelio de hoy nos recuerda la vestimenta y alimento de Juan para que nosotros eliminemos de nuestra vida todo lo superfluo que nos ofrece nuestra sociedad de consumo desmedido y encontremos lo único necesario, que basta para vivir.
Juan, dirigiéndose a los fariseos y saduceos, (representantes del poder político y religioso), les llama “camada de víboras”, es decir, agentes de muerte. Pero después Juan, refiriéndose a Jesús, dice unas palabras preciosas: “Yo les bautizo en agua (como si dijera: pero eso no basta)… pero el que viene detrás de mí puede más que yo… El les bautizará con Espíritu Santo y fuego”, es decir, Él, Jesús, viene con la fuerza de la Vida y del Amor. Jesús sumergirá a la Humanidad, no en las aguas del Jordán, sino en la profundidad del amor de Dios simbolizado por el Espíritu y el Fuego.
Dios llega a nosotros en el Hombre-Jesús como Espíritu y Fuego para destruir la injusticia y para implantar la Paz. Nadie podrá acallar la fuerza del Espíritu o apagar la llama del Fuego. Este es Jesús, el Mesías de Dios que viene a salvar a todos los pueblos. Dichosos los que se abren a su Presencia.
Que podamos hoy acercarnos a ese Fuego y a esa Vida y decirle: Señor, transforma nuestra vida y condúcenos por el camino del Amor y de la Paz.

A %d blogueros les gusta esto: