Caminar Punto de Vista

Misericordiadores

Misericordiadores
Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
Por favor, no vaya al diccionario a buscar la palabra “misericordiador”;  la Real Academia no la ha aceptado (todavía). Se trata de un neologismo que, junto con otros, se derivan de un nuevo verbo acuñado por el Papa Francisco: “misericordiar”, que significa “obrar con misericordia a favor de alguien”. Es así que todos hemos sido “misericordiados” por Dios Padre y por su Hijo, y con la ayuda del Espíritu Santo, podremos alcanzar la intención del año santo que acaba de terminar: “Ser misericordiosos como el Padre”, o sea, convertirnos en misericordiadores.
Con ocasión de la clausura de la Puerta Santa, el Papa Francisco ha publicado, este 20 de noviembre recién pasado, una exhortación apostólica llamada (en latín) “Misericordia et Misera” –Misericordia y Miseria- con el propósito de que todos continuemos en actitud misericordiosa, como señal de identidad cristiana.  Esta actitud nos tendrá que llevar, necesariamente, a poner una mayor atención a los problemas sociales del mundo, pero especialmente los de nuestra propia realidad nacional.
Como si tuviera su mirada fija en esta realidad, escribe el papa: « No tener trabajo y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condición social…: estas, y muchas otras, son situaciones que atentan contra la dignidad de la persona, frente a las cuales la acción misericordiosa de los cristianos responde ante todo con la vigilancia y la solidaridad. Cuántas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida más humana. Pensemos solamente en los niños y niñas que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegría de la vida. Sus rostros tristes y desorientados están impresos en mi mente; piden que les ayudemos a liberarse de las esclavitudes del mundo contemporáneo. Estos niños son los jóvenes del mañana; ¿cómo los estamos preparando para vivir con dignidad y responsabilidad? ¿Con qué esperanza pueden afrontar su presente y su futuro? » (MM, 19).
En nuestro caso, no se trata solamente de vivir coherentemente nuestra fe y atender a las exhortaciones papales. Se trata también de un deber ciudadano, según se desprende de la Constitución Nacional: «La persona humana es el fin supremo de la sociedad y del Estado. Todos tienen la obligación de respetarla y protegerla. La dignidad del ser humano es inviolable.» (Art. 59).  Respetar y proteger la dignidad de la persona, más claro no puede estar.
Hay acuerdo entre la doctrina cristiana y la legislación nacional –al menos en estos temas- ¡Qué bueno! Pero preguntémonos si la práctica cristiana y la actividad ciudadana coinciden con sus principios y normas. Debemos reconocer que, como cristianos y ciudadanos, estamos en deuda. Y, ¡por favor!, no “pasemos la pelota” hacia arriba diciendo, por ejemplo: “Es que los gobernantes sólo hacen demagogia” “Es que los sacerdotes –y los pastores- no insisten en este punto, o no nos organizan”. Aunque así fuera, sería sólo acumular más excusas. Somos personas maduras, responsables, que tenemos que asumir nuestras obligaciones sin necesidad de que otros tengan que exhortarnos a su cumplimiento.
¿Cómo podemos vivir tranquilos, como si el estado de postración de tantos hermanos fuese el orden natural? Ojalá que no nos mueva tan sólo el interés de ser misericordiadores para ser misericordiados.