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Homilía del Domingo 27 de Noviembre de 2016

Homilía del Señor Arzobispo para el Primer domingo de Adviento “Lo que pasó en tiempos  de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre” (Mt.24,37-44) Ciertamente, la inconsciencia que vivían los contemporáneos de Noé “que comían, bebían, se casaban, se divertían”,  se parece a la nuestra. Vivimos en la inconsciencia, “sometidos a la ilusión de la vida” como diría el filósofo alemán Heidegger.


Y cuando menos esperaban “llegó el diluvio y se los llevó a todos…” ¿No nos recuerda esto la profunda crisis económica y de valores que estamos atravesando en estos tiempos? Han pasado muchos siglos desde entonces pero ¿no seguimos viviendo una frivolidad en nuestra manera de enfrentar la vida? ¿Vivimos despiertos o amodorrados en la rutina de cada día?
“Comprendan que si supiera el dueño de la casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela…” Es el  ejemplo del ladrón que no avisa y que cuando nos damos cuenta ha abierto un boquete y se ha metido en la casa. En labios de Jesús estos ejemplos no son una acusación sino una advertencia para no vivir distraídos, despistados, ausentes. A veces, estamos distraídos de lo esencial de nuestra vida y no  sospechamos que la vida  pueda  vivirse de otra manera. Nuestra sociedad ha olvidado a Dios que es una realidad de primera necesidad y que da sentido a nuestra vida.
Sí, Él puede venir en cualquier momento, en cualquier situación; puede venir en el llanto, en la alegría, en los días oscuros y en los días luminosos, cuando nos sentimos solos o acompañados, puede venir en la Palabra que nos despierta a la vida, en una mano tendida, en la familia que se une más, en el enfermo que sufre, en los que están  sin trabajo y necesitan nuestro apoyo, en los hambrientos de toda la tierra que nos cuestionan, en todo ser humano… Él viene siempre. Por eso, Jesús dice: “estén en vela, estén  preparados”. Y para poner de relieve esta actitud nos pone dos ejemplos:
Estos dos ejemplos insisten en el descuido de los contemporáneos de Noé y en el descuido del amo de la casa; en la llegada imprevista del diluvio y del ladrón y en la ruina que provocan estos acontecimientos.  Jesús viene a decirnos: lo mismo sucederá a la comunidad cristiana y a todos  nosotros  si nos descuidamos y no vivimos en una actitud de espera activa y comprometida. A veces, vivimos como los contemporáneos de Noé que comían, bebían, se casaban…  pero somos ajenos a la venida y a la Presencia de Dios en la Historia.
Vivimos y trabajamos y nos distraemos pero somos inconscientes de la injusticia, del anhelo de paz, de la insolidaridad y de la Vida que Dios nos ofrece a cada instante. De esta cultura de la superficialidad sólo es posible liberarnos, reaccionando con coraje y aprendiendo a vivir de una manera más lúcida, como dice San Pablo: “Es hora de despertar del sueño”. Necesitamos atrevernos a vivir, a ser diferentes, no como todo el mundo, a tener “el coraje de existir”, como diría el teólogo Paul Tillich.
Todo el Evangelio de este domingo es una llamada a la esperanza en el “Hijo del Hombre” que viene, en Jesús, el Señor de nuestra vida. Dios viene siempre, en cada instante a nuestra vida.
“Esten  también Ustedes preparados, porque a la hora que menos piensen viene el “Hijo del Hombre” ¿Quién es este “Hijo del Hombre” que viene a nuestro encuentro? El “Hijo del Hombre” es el anhelo y el sueño más profundo del mundo. El “Hijo del Hombre” es la Humanidad Nueva que se ha realizado ya en Jesús.
El “Hijo del Hombre” es Jesús mismo, que llena de  sentido nuestra vida y nuestra historia. El “Hijo del Hombre” es Aquél que todos buscamos y el único que puede apagar la sed de vida  que llevamos en  nuestro  corazón. Es una gran noticia: viene el “Hijo del Hombre”, es la gran esperanza que anuncia el tiempo de Adviento.
Esta actitud tiene mucho que ver con un estilo de vida en que podemos vivir, cada momento y cada día, como don de Dios, como oportunidad de Vida. No vivir drogados por la actividad ni por las “compensaciones” que no nos aportan una felicidad profunda y un sentido a nuestra vida y que, al final, nos dejan terriblemente vacíos.
Al comenzar hoy el Adviento se nos invita a renovar nuestra esperanza. Necesitamos  renovar nuestra esperanza. Vivimos en un mundo en que hay un oscurecimiento de la esperanza. Hay muchos hombres y mujeres que parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo.  Nuestra sociedad marcada por el nihilismo, la nada, el sinsentido o como algunos han dicho: “la cultura del gran vacío”, que se manifiesta en el individualismo, la vida intrascendente, la apatía, la frivolidad y la imposibilidad de las utopías.
Por eso, el Papa Francisco, en el documento reciente “Evangelii Gaudium”, ha denunciado que hay un modelo de “economía de la exclusión y de la inequidad” que “mata” y aclara que “la crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo”.
El Tiempo de Adviento irrumpe como una luz en la noche dentro de nuestro mundo, es como la luz del sol al amanecer: es de noche pero se vislumbra un resplandor, llega la luz. San Pablo, en la Primera Lectura nos dice: “pertrechémonos con las armas de la luz… conduzcámonos como en pleno día, con dignidad…”
Que en este tiempo de Adviento, que comenzamos este domingo,  podamos hoy abrir nuestros ojos a esta Luz,  que es Cristo,  que viene siempre y renueva nuestra vida. Que podamos decirle: ¡Ven, Señor Jesús! Necesitamos que llenes nuestro corazón de esperanza y de fortaleza. Necesitamos  tu Amor  y tu alegría. ¡Ven, Señor Jesús!

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