Opinión Punto de Vista

Siempre abierta

Siempre abierta
Suyapa Banegas
Periodista
sbanegas@unicah.edu
La puerta de la misericordia se cierra, aquella con la que el Papa Francisco nos invitaba hace un año a despertar, a ser una Iglesia en salida ir en busca de lo que un día pregonó el Hijo de Dios: dar de beber al sediento vestir al desnudo, visitar a los enfermos, alojar al que no tienen casa y al peregrino, visitar a los presos y enterrar a los muertos. Eso en cuanto a las obras de misericordia corporales. Pero no pueden ser simples mandatos escritos para memorizar, son obras concretas a las que no deberíamos esperar un llamado para practicarlas.
Podemos notar como en las periferias de nuestra ciudad, existen personas que sobreviven con lo más mínimo, donde no hay agua y se tiene que pagar por ella, donde los “tres tiempos de comida” no se cumplen porque hay para uno,  más no para los tres.
Los niños no conocen lo que es  estrenar una mudada,  dependen de lo poco que sus papás les puedan proveer en medio de la angustia que ellos viven al no encontrar fuentes de trabajo que les proporcione un ingreso para satisfacer lo más básico: techo, abrigo, comida y salud.
Pero hacemos caso omiso de las situaciones que ocurren a nuestro alrededor y pensamos que con lo que podamos dar es muy poco, sin saber que aplicando obras espirituales como la de consolar al triste, es una acción que nos llevará muchas veces a encontrar en conjunto una solución.
El mundo caminaría mejor si cada uno de nosotros aplicara este llamado, si bien es cierto culmina el Año de la Misericordia, pero esto nada más ha sido un gran retiro espiritual de 12 meses que nos debe llevar más que a cruzar la puerta santa, cruzar a la otra orilla.
Ir como los apóstoles a dar testimonio de lo que habían visto y oído. Ser como San Pablo que aunque físicamente no conoció al Señor Jesús, de verdad lo encontró y dio testimonio de su amor y es por hoy un gran bastión para nuestra Iglesia.
Hoy Dios mismo nos llama a no tener miedo como nos lo decía San Juan Pablo II. Hay tantos santos dentro de nuestra Iglesia que han hecho suyas las palabras del Evangelio.  Una de ellas Santa Teresa de Calcuta recientemente canonizada,  quien tocó de cerca las llagas de los más desprotegidos. Una mujer pequeña de estatura pero grande en ideales, dentro de ella latía la intención de mermar la injusticia, la pobreza. Ella sembró una huella indeleble.
La santidad de esta mujer es un ejemplo para nosotros mismos a quienes a veces las situaciones se nos presentan de frente y es más fácil voltear el rostro y seguir el camino; sin pensar que un simple gesto, una mirada, una sonrisa, un buenos días,  pueden desde allí comenzar a cambiar situaciones.
A veces vemos el pecado de omisión como algo lejano y que no puede tener peso, pero  al final hasta por lo que no hemos hechos seremos juzgados. Como nos dice un dicho popular es mejor “que sobre y no que falte”, pues así debemos de ser; es mejor que sobren obras de amor y misericordia, que frente a nuestros ojos la vida se nos pase y quedemos en deuda.
Es por eso que debemos de llenar nuestro corazón de esperanza, una esperanza que no sea mermada ante las olas turbulentas de este mundo, no…que seamos artífices de algo bueno y nuevo. No es malo soñar, tenemos todas las armas para hacerlo una riqueza inmensa dentro de nuestra Iglesia así que manos a la obra, que se cierre la puerta de la misericordia y que se abra la acción concreta de un futuro mejor para el más próximo, mi prójimo.

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