Buenas Nuevas

“Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”

Al encuentro de la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”
(Lc 23,35-43 – XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario)
Solemnidad de Cristo Rey del Universo
El último día del fin del mundo será sin duda el primer día del mundo nuevo, de la llegada del Reino de Dios. Así nos lo presenta Lucas en el acontecimiento de los dos ladrones crucificados con Jesús, aquél catorce del mes de nisán del año 30 de nuestra era cristiana. Acontecimiento que sólo Lucas narra. Aquella tarde de primavera en Jerusalén, Lucas hace brillar precisamente para aquel condenado la inauguración de ese Reino esperado. El buen ladrón, como lo hemos conocido, le pide a su compañero de cruz, Jesús de Nazaret, que se acuerde de él, cuando éste llegue a su reino. Jesús, pronunciando éstas únicas palabra en este evangelio, no le ofrece el Reino, sino el paraíso, término simbólico de origen persa, que literalmente significa “jardín, lugar de las delicias”, y colocado aquí en paralelo con la palabra griega “Basilea”, “reino”, pronunciada por el compañero de muerte de Jesús, es su sinónimo.
Jesús es rey, pero es una manera poco original, más bien rara de iniciar su Reino. Tanta reflexiones que podemos hacer de este morir en cruz del Hijo de Dios y de sus últimas palabras. Aquí se remonta al paraíso terrenal en los orígenes de la vida, como lo narra el libro del Génesis. El paraíso, como jardín es la imagen tomada de los palacios reales del Medio Oriente, que estaban rodeados de espectaculares parques llenos de fuentes de agua y vegetación. Allí el primer Adán no nos mereció sino la muerte fruto del pecado. El nuevo Adán, Cristo Jesús, pendiente del árbol de la vida, ofreció ya a su compañero de cruz, el retorno al paraíso primero con el cual el Padre se complació a colocar la obra de sus manos: el hombre.
Reino de Dios que se inaugura con la cruz de su Hijo soberano, aquél que en toda esta obra lucana, manifestó la predilección por lo pobres y pecadores. Nació en necesidad y muere en la más total pobreza y abandono. Una vez más, sólo le acompañan como última compañía los pequeños de la tierra, como lo estuvieron en toda su trayectoria terrena. Después de los publicanos, prostitutas, enfermos, endemoniados, pecadores de toda clase, ahora les toca a dos “malhechores”. “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”, le dijo a uno de ellos. La última acción o decisión extrema del crucificado Jesús, es un acto de profundo amor y total liberación. Podríamos decir, que murió como vivió: buscando la oveja perdida, abrazando al hijo que regresaba, abriendo los brazos para sostener al caído, en una palabra, vivió y murió siendo el Salvador de todos.
Que apremiante lección recibimos hoy desde la cruz, nuestro Rey no nos cita en el reino de la muerte, allí donde Dios no está; nos cita en el Reino de la vida, allí donde brilla el resplandor de su gloria, así nos los había ya anunciado: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (Lc 20,37).
Y, algo más que nos revela Jesús desde la cruz, es que su Reino, se llama “paraíso”, el lugar perfecto de la plena comunión con Dios, que es padre y creador de cuanto existe. La pasión y la muerte de Cristo se convierten en el “camino real” que conduce a la humanidad pecadora al paraíso perdido, o sea, al reino que Cristo vino a reconstruir, después de que el hombre con su pecado lo habría destruido. ¡Viva hoy y siempre Cristo Rey! ¡Viva hoy y siempre el Reino de Dios”. Hoy con este santo Evangelio, viene bien terminar orando al decir: “Te adoramos, Oh Cristo y te bendecimos, porque por su santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador” Amén.

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