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“Ser hijos de la resurrección…”

Al encuentro de la palabra... según San Lucas para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “Ser hijos de la resurrección…” Lc 20,27-38 XXXII Domingo del Tiempo Ordinario Se lee en el libro del Eclesiastés: “La suerte de los hombres y de las bestias es la misma; como mueren éstas, mueren aquéllos, no hay un soplo vital para todos. No existe superioridad del hombre respecto de las bestias, porque todo es vanidad.

Todos van hacia la misma morada: todo ha venido del polvo y todo volverá al polvo” (3,19-21). El tema central de la liturgia de la Palabra de Dios, está basada en este caso teológico que los saduceos presentan a Jesús, para comprometerlo. La visión del más allá que ellos presentan se inspira seguramente en ese texto del Eclesiastés, llena de vacío y de una visión terrena totalmente materializada.
Según la ley del levirato (del latín levir “cuñado”): al cuñado se le imponía legalmente el matrimonio con la viuda del hermano difunto que no había dejado hijos, que asegurara la descendencia, por lo que éste se debería casar con la viuda. Jesús con su respuesta deja disipada toda duda, ya que esa visión matemática de la vida del más allá, no puede ser. La visión de Cristo se sitúa en la misma línea de la madre de los siete hermanos mártires de la primera lectura de hoy (2Mac 7,1-2.9-14): “Tú nos eliminas de la vida presente pero el rey del mundo, después de muertos por sus leyes, nos resucitará a la vida nueva y eterna… Nosotros esperamos de Dios el cumplimiento de las esperanzas de ser nuevamente resucitados por Él”. Es la primera reflexión sobre el tema de ese morir para vivir, que anuncia el cristianismo. La resurrección final, no se trata de hacer una copia mejorada de esta realidad humana, por lo contrario es un nuevo comienzo definitivo por parte de un Dios “que hace nuevas todas las cosas”.
Y en segundo lugar, en esa resurrección final, “Ya no puede morir porque son como los ángeles y, al ser hijos de la resurrección, son hijos de Dios”. La afirmación categórica de Jesús, es más que trascendente, explica en verdad lo que es volver a vivir después de la muerte. El destino va más allá de la muerte, es de comunión con Dios de manera definitiva.
Este conjunto de lecturas para este domingo, nos van así preparando para el cierre de este año litúrgico, con la solemnidad de la fiesta de Jesucristo Rey del Universo. El gran signo de esta realeza es su poder definitivo sobre el mal y la muerte. Nuestro Dios es el Dios de la vida, raíz de eternidad para todos los que están en comunión y en alianza con Él. Es una certeza feliz que nos da el saber, que Él ha hecho que “la muerte sea destruida por la victoria”, como escribía Pablo (1Co 15,54).
La Iglesia nos recuerda, a través de las Palabras del Señor, que la resurrección es participación en un misterio divino, no es una simple reedición de la vida, no es una inmortalidad fría y exclusiva del alma, como querían los antiguos griegos. Es, en cambio adhesión a Dios, a su Palabra, caminando cada día según su voluntad, seguros que “si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8).
La reciente conmemoración de los fieles difuntos, es oportunidad clara para repensar el sentido de la vida y su seguro destino. No podemos seguir pensando en la muerte como pura trivialidad, necesitamos aspirar a los bienes del cielo y creer que los que han muerte en el Señor, gozan de tan más anhelada realidad. No podemos seguir viviendo sólo como “hijos de este mundo”, cuando está la llamada del Señor, a ser “Hijos de Dios”, del “Dios vivo”, para eso fue que murió y resucitó, el propio Señor. Proclamemos pues, el reinado de Jesús, que a lo largo de este año litúrgico ha querido incorporarnos como “piedras vivas”, a su construcción entre los hermanos. Caminemos alegres pues al encuentro del Rey.

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