Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Dimensión espiritual 3

Dimensión espiritual 3
Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
La espiritualidad profunda, decíamos, es el sello del cristiano. No hay otra forma de vivir un cristianismo auténtico, dinámico y en continuo crecimiento. Se trata de asumir un compromiso, cosa que no está muy de moda. Se prefiere una vida –si no loca- al menos suave, “light”, cómoda. No nos gusta desinstalarnos.
En tanto que la consecuencia de una vida sellada por la espiritualidad es la santidad. Esta palabra aleja de inmediato a muchas personas. No se trata de que sean mala gente, para nada. Al contrario, son gente normal, como usted y como yo, que no rechazan la santidad. Simplemente están convencidas que se trata de una meta para muy pocos, poco menos que inalcanzable.
El asunto no requiere de alta teología para entenderlo. Lo explica el mismo catecismo infantil: la santidad consiste en llegar al cielo. Si preguntamos a los cristianos si quieren llegar a él, la respuesta unánime es que sí. ¿Entonces? ¿Qué que hay que hacer? El Evangelio nos responde: amar a Dios y al prójimo, cumplir los mandamientos, hacer buenas obras, confiar en Dios y platicar con Él mucho, es decir, hacer oración. ¿Le parece complicado? La verdad es que no, podría decirse que es sencillo de entender y hasta cierto punto de hacer. Lo difícil es perseverar en ello.
Todos los cristianos creemos que lo que nos da la salvación es el sacrificio redentor de Cristo. Pero los católicos creemos, además, que esta salvación hay que aceptarla y vivir conforme a lo que nos es mandado en el Evangelio. En otras palabras, que nuestras acciones sí serán tomadas en cuenta. Si analizamos el sermón de la montaña, descubriremos en las bienaventuranzas todo un programa de acción (Mt 5, 3-11).  Se nos pide acción, no sólo confesar nuestra fe. “No todo el que dice ¡Señor! ¡Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21-23). La Escritura nos dice claramente que seremos juzgados por nuestras obras, especialmente las relacionadas con el prójimo “Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde el origen del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer…etc.” (Mt 25, 34 y ss). El P. A. Riveiro, profesor de Teología Espiritual, propone varios medios para conseguir la santidad,: 1) la oración (que puede ser mental o meditación, o bien vocal;  personal o comunitaria; estructurada oficialmente o improvisada; oficial –como la Santa Misa o la Lectio Divina- o bien fruto de la piedad popular); 2) los sacramentos (que son instrumentos de santificación –en especial la reconciliación y la Eucaristía); 3) el sacrificio (que no hay que entenderlo necesariamente como sufrimiento físico auto-provocado, sino como aceptación serena de enfermedades, vejaciones, marginamientos, sin excluir algunas privaciones de lo que más nos atrae o nos domina); 4) el apostolado (pues el que gana almas para Cristo no podría estar alejado del Señor); 5) la dirección espiritual (por lo que invitamos a los que no saben qué es o cómo se desarrolla, a que pregunten a un sacerdote de su confianza) y 6) la participación en una comunidad o movimiento eclesial ( tales como renovación carismática, cursillos de cristiandad, pastoral familiar, neo-catecumenado, etc.).
La pregunta importante es: ¿cuál es mi plan de vida espiritual? ¿quiero en serio -pese a mis defectos y pecados-  llegar al cielo?  Pues tú y yo ya lo sabemos: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

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