Opinión Punto de Vista

Amigo, padre y forjador

Amigo, padre y forjador
Víctor Hugo Álvarez
Director de Fides
¡Qué quiere pués!, la expresión sonaba pesada para quienes se acercaban a él, pero en el fondo era un saludo, una invitación al diálogo, a la escucha. Era estar dispuesto a la alteridad y prestarse a servir a quienes lo buscaban. Esa frase lo acompañó siempre y era melliza de la sonrisa afectuosa que lo caracterizaba. No busco ni siquiera aproximarme a una biografía de él, me parece que muchos habrá que lo hagan, pero si expresar ese sentimiento ante el amigo que ha partido.
Porque él tuvo siempre un amor entrañable a la Virgen María y  una paciencia que convirtió en pedagogía. Lo comencé a conocerse cuando cruzaba mi etapa de adolescente porque un día desde el ambón de la Parroquia Inmaculada Concepción donde era párroco, nos lanzó una invitación a los jóvenes que asistíamos a la misa dominical.
Nos convocó a una reunión para el sábado siguiente  a las seis de la tarde, corrían los inicios del decenio de los años setenta del pasado siglo y la vida en la ciudad era apacible, no tan llena de sobresaltos y terror como ahora. Llegamos diez entre muchachos y muchachas, nos reunió, hizo una dinámica de presentación y conocimiento de todos los presentes y luego nos planteó la idea de formar una Comunidad Eclesial de Base. Era algo novedoso para nosotros y como jóvenes la novedad nos atrajo. Había también personas mayores de esas que están en todos los movimientos. Seguimos sábado a sábado, pero como siempre,  se presentaron los problemas entre los jóvenes y aquellos grupos de señores y señoras que se creen dueños de las parroquias y andan siempre al par del sacerdote. Sabiamente él separo el grupo y nos encargamos de invitar a más jóvenes. Queríamos saber de todo, de las conclusiones de la Conferencia Episcopal de Medellín, de Doctrina Social, de encontrar el porqué de la realidad en que estábamos inmersos y él,  con paciencia,  nos fue guiando en el camino. Luego fuimos muchos, porque como párroco de la Inmaculada invitó a sus hermanos de El Calvario, María Auxiliadora y Sagrada Familia a que enviaran jóvenes a aquel grupo que crecía robusto y con sólida formación. Hoy esas parroquias son parte del Decanato Comayaguela Norte
Luego con una visión amplia, invitó a miembros de la Acción Católica Universitaria a que nos dieran temas de formación, sin dejar de estar presente él y  los demás párrocos. Crecimos mucho en formación y espiritualidad y nunca Geraldo Scarpone se alejó de nosotros. Pese a su recio carácter siempre encontramos en él al pastor dispuesto a escucharnos. Nunca nos impuso nada, nos proponía, lo escuchábamos y lo acompañábamos en sus proyectos parroquiales. Así nacieron las campañas de alfabetización en Bella Vista, en la Colonia Ayestas y en la Divanna.
También las visitas a la Penitenciaria para llevarles a los privados de libertad tardes culturales, víveres y alimentos. Creamos los grupos de misión que en vacaciones hacíamos labor pastoral junto a nuestros hermanos jóvenes de Olancho y Choluteca, impulsamos la Pastoral Juvenil en la Arquidiócesis. Geraldo ante tanta labor permaneció siempre activo, pero revestido de esa paciencia que heredó de su padre Francisco de Asís, pues era un religioso de la orden de los frailes menores.
Gozaba con nuestras ocurrencias juveniles al mismo tiempo que  corregía  los errores que emanan de los impulsos de la adolescencia. Nos enseñó el amor por la Palabra, con él sentimos el calor maternal de la Virgen María, pero siempre insistió en el amor a los más necesitados, nos impulsó a desarrollar la virtud de la misericordia y la solidaridad.
Llegó el tiempo de su partida hacia Guatemala a hacerse cargo del seminario de los Franciscanos en aquél país.  Nos hizo el anuncio en la homilía un primer domingo de Cuaresma  y aquel grupo de jóvenes que integrábamos el coro no contuvimos las lágrimas. Partía un amigo, pero tras de sí dejaba un grupo juvenil bien organizado y del cual surgieron personas que hoy descollan en los diferentes  campos del quehacer nacional.
Mantuvo comunicación escrita y cada vez que venía a Honduras se reunía con lo que él llamaba sus muchachos. Con alegría recibimos la noticia que regresaba a Honduras y asistimos a su consagración episcopal y mantuvimos al contacto.
Hoy no lloramos su partida más lo recordamos con el alma plena de agradecimiento, porque el forjo nuestras vidas. Sabemos que por donde pasó hizo el bien y por lo tanto se ha ganado un sitio preferencial en la Casa del Padre.
Geraldo Scarpone es de esos seres inolvidables que marcaron una generación de jóvenes hoy adultos y con familias. Otros viviendo su vocación religiosa y muchos más caminando siempre por el sendero del bien. Confío en que este sencillo homenaje resuma el pensar de todos los que tuvimos la dicha de conocerlo y recibir de él tanta bondad, orientación y por haber sido un fuerte forjador de nuestra fe.
Gerald;  padre, amigo, compañero, forjador,  refugio y consuelo,  sigue desde la Casa del Padre, intercediendo por nosotros.

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