Reflexión

“Zaqueo, puesto en pie…” al Templo…»

Con la lectura evangélica de este domingo, Lucas continúa reafirmando el amor invencible de Dios por sus criaturas, aunque éstas sean pecadoras y vivan alejadas de Él. La misericordia proclamada por este Evangelio sigue acompañando nuestro itinerario en el Jubileo extraordinario de este Año Santo. El encuentro de Jesús con un cobrador de impuestos en Jericó desarrolla el tema de manera única y extraordinaria. Zaqueo era ese odiado cobrador, a quien se le cambia la vida por un acto soberano del propio Hijo de Dios, que revela la voluntad y el rostro de compasión de su Padre.

La trama en que Lucas desarrolla la escena, está situada en ese proyecto de Dios, que ha enviado a su Hijo para salvar a los que estaban perdidos. En efecto, toda la narración se construye sobre verbos dinámicos: “Jesús entra y atraviesa la ciudad” y luego, Zaqueo “trata de ver” a Jesús, “corre delante”, “sube”. No es una mera narración espacial, las calles de Jericó, es sobre todo el paso de “la salvación” por la historia y la vida de un hombre, que estaba sumergido en la gris realidad de su pecado, consumido por su ambición y afán de riqueza. Jesús “pasa por ahí” y cuando finalmente “llega”, Jesús “levanta su mirada”, pronunciando su nombre, le inaugura un itinerario nuevo que le llevará a la verdadera vida, la vida nueva.

Aunque no hemos seguido por espacio, la lista ordenada de todos los vocablos de movimiento que se suman en unos quince en toda la narración, podemos concluir que este lenguaje bíblico con el que el autor nos cuentan el hecho de Zaqueo, está todo él en términos vocacionales: Jesús el Hijo de Dios, “sale” al encuentro del hombre, “ve” su realidad y lo “llama” a la salvación. Hay una historia de salvación para el pecador en concreto, nadie puede sentirse alejado o abandonado de la misericordia infinita de Dios, por inmenso que sea su pecado. Todo lo contrario, Dios en su Hijo: sabe dónde vive, por dónde camina, cómo se llama y sobre todo, cómo se encuentra en relación a su amor. Y, cuando lo encuentra lo elige con misericordia y le propone su mano salvadora, como su propia vida: “hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Y la salvación se hace presente: “Hoy ha entrado la salvación a esta casa”.

Con este Evangelio, la esperanza de Jesús es la esperanza de la Iglesia, que como “madre buena”, sale como su esposo a buscar y a encontrar a quienes como Zaqueo se han quedado a lo largo del camino en la indiferencia y la comodidad de sus pobres vidas. Ella suscita bajo el renovado impulso de la Palabra y “hoy por hoy”, por el Magisterio del Papa Francisco, nuevos discípulos-misioneros llenos de misericordia, para abrir de nuevo las puertas de la casa paterna y hacer experimentar el perdón como vía que lleva al verdadero sentido de la vida, como testimonio de que Dios es en verdad el que nos ha amado primero. Y, con la maravillosa experiencia del encuentro que Dios tiene con sus hijos perdidos, está a su vez, el fruto de ese amor misericordioso, que es el volver a la vida, que todo perdón ofrece al pecador arrepentido. Si el pecado es una realidad paralizante, principio de muerte, el perdón es en cambio vivificante. “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

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