Reflexión

Está llegando a su fin

P. Juan Ángel López Padilla

Se nos está acabando este jubileo extraordinario, el Año de la Misericordia. Lo peor es que sigo con la idea que no hemos sabido promoverlo lo suficiente, aunque me queda la esperanza que, por nuestra sangre latina, lo cual no es excusa, lo dejamos todo para el final.

El santo padre no se sacó este Jubileo de la manga, porque lo suyo no es un juego de cartas, sino que se lo dictó su conciencia y su corazón de pastor. Además de que nuestro mundo necesita una buena dosis de esa misericordia que nace en la cruz y se extiende, por nuestro actuar, a los hermanos.

En estos días, caminando a cruzar alguna de las Puertas Santas en las dos Basílicas Mayores que me quedan a menos de 30 minutos, la de Santa María Mayor y la de San Juan de Letrán, me he topado con cantidad de peregrinos venidos de todas las latitudes posibles. La Babel que se escucha en los pasillos de las Basílicas se vuelve un Pentecostés cuando entramos respetuosamente a las Capillas del Santísimo, a orar. No se habla, se está en silencio, como debe serlo en todos los templos, pero hay una sola lengua que se habla: el lenguaje del necesitado, del que sabe que tiene un Padre que lo escucha, aún y cuando llegue cargado de todos los pecados habidos y por haber, llegue con las heridas auto infringidas o provocadas por los otros. No importa. La lengua es la misma, es el lenguaje del Espíritu que viene en nuestro auxilio, porque como diría aquel señor de Tarso: no sabemos pedir como conviene.

Pero, igualmente, como es natural, llegan miles de turistas. Miles de fotos, miles de gestos de admiración ante la belleza del arte que adorna los espacios sagrados y pretenden remitir a Dios, pero a los turistas no les interesa Dios, les interesan nombres como Bernini, Miguel Ángel, Rafael, Caravaggio, Da Vinci.

Me llamó la atención una “chinita”, a la me observé porque tomaba fotos a una larga fila de penitentes que buscaban el sacramento de la Reconciliación. Me quedé por un momento pensando en si entendería lo que hacía. En todas partes hay filas, hay colas y se hacen por largas horas para entrar a conciertos o para comprar algo, pero no sé si se puede digitalizar el sentir de quién busca el perdón, de quién tiene el valor de someter su actuar al tamiz de la verdad, de aquella que libera y da vida. No sé si cuando saque las fotos en su computadora entenderá que ese era el mejor arte.

Me regresé a seguir en el altar de mi tesis y cuando celebraba la misa ese día, tembló en Italia. 5.3 en la escala de Richter. Estaba a la par del ambón que se “menió” de lo lindo. Unas horas después, otro remesón, más fuerte y el capitalino inexperto se asustó. Pero, esa noche al irme a la cama, pensando en sí volvería a temblar o no, me vino a la mente que si se caía el techo encima mío no había problema, yo acababa de cruzar la Puerta Santa y Dios no engaña a nadie: su Misericordia es eterna. Así que dormí diciendo de verdad: El Señor nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.