Editorial

Editorial del 30 de Octubre del 2016.

Un país vulnerable

Fue más o menos el lapso de una semana de lluvia intermitente y los daños severos se manifiestan en distintas zonas de la geografía nacional. Aunque el número de víctimas mortales no fue elevado, cada uno de esos fallecidos es el resultado de condiciones precarias de seguridad, que prevalecen en los sitios donde habitaban.

Es la circunstancia de pobreza extrema la que determina que haya que construir la casa de la familia, al borde de un barranco; al pie de un cerro que se derrumba cuando se satura de agua lluvia; en las proximidades del cauce del río; debajo de un gran peñasco etc.

Por ello, es el momento de expresar la solidaridad con los damnificados, de manera que la ayuda que se les brinde, no sea limitada a las necesidades más básicas por unos cuantos días, sino que ello demanda la participación coordinada de COPECO, las municipalidades, el FHIS, la sociedad civil, asociaciones comunitarias etc. para brindar soluciones humanitarias integrales, a quienes fueron afectados por el temporal.

Es una situación de pobreza extrema que no disminuye, y que es el resultado de una simple causa: en Honduras la población ha tenido un crecimiento superior al de la economía. Hoy los hondureños son más de 8,535.697 habitantes.  Este rápido crecimiento demográfico ha tenido como consecuencia una disminución en el ingreso per cápita y un aumento de la presión sobre los servicios básicos de la sociedad (agua, salud, educación, saneamiento ambiental etc.)

Según datos del INE solamente el 49% de la población económicamente activa (PEA) tiene trabajo. De manera que el desempleo es otro de los problemas que más afecta a los hondureños, y que constituye una de las principales causas para impulsar la migración hacia España y Norteamérica.

 Éxodo fatídico, que se convierte en un peligro para quien lo realiza y no logra alcanzar la meta soñada: Pues tiene que regresar, ya sea muerto o deportado. Lo último significa volver a empezar a sobrevivir en el país, partiendo de cero, y expuesto a perder la vida en el duro ambiente de violencia que impera en la sociedad hondureña.

Tratando de aliviar la situación del desempleo el gobierno actual ha elaborado un plan económico  20/20 que pretende la creación de 600.000 empleos en los próximos cinco años. El Plan 20/20  ya ha sido divulgado en diferentes foros dentro y fuera de Honduras, con el propósito de captar montos significativos de inversión extranjera.

Se trata de fomentar una inversión de 13,000 millones de dólares, destinados a cuatro sectores de la economía: turismo; textiles; manufactura y centros de apoyo a negocios. Se espera que la ejecución del Plan generaría un incremento de 9,300 millones de dólares en las exportaciones hondureñas.

Pero este esfuerzo por captar inversión extranjera se enfrenta a otro aspecto de la vulnerabilidad del país. La vulnerabilidad encarnada esta vez en la violencia que impregna la vida de los hondureños. Esa violencia que es el resultado de la criminalidad organizada, que muchos suponen sea solución al desempleo, la pobreza y la exclusión.

Violencia criminal que surge de las posibilidades que ofrece el narcotráfico, que se afianzó y se estableció en el país y que ha contaminado a diferentes sectores de la nacionalidad (policía, gobierno, empresarios etc.).Y por su vinculación con las maras y pandillas, que proveen el surgimiento de sicarios, extorsionadores, asaltantes etc..

Y también existe esa otra violencia que es el fruto de las diferencias políticas e ideológicas, de una lucha partidista que en vez de competir mediante la formulación de propuestas de solución a los problemas que enfrenta la población, se concentran en la descalificación de los adversarios.

Sobre el ambiente violento que priva en Honduras, Monseñor Ángel Garachana ha expresado: “no es fácil vivir sentimientos de paz en Honduras, donde el pueblo está contagiado de agresividad. Estamos exaltados por cualquier cosa, por eso es más urgente hablar, pedir  y trabajar por la paz en mí y en los demás”.

Es por ello que en el reciente Mensaje de la Conferencia Episcopal se incluyó la recomendación a los políticos “que les falta estudiar”, para que de esa manera puedan tener un conocimiento claro de la difícil realidad que vive el pueblo hondureño.

Sólo la gestación de una cultura cimentada en la solidaridad y en la misericordia, será capaz de sacar al pueblo hondureño de su condición de vulnerabilidad, y evitar que haya más víctimas inocentes y más victimarios impunes.

Es necesario recordar lo dicho por el Señor  Jesús: “Lo que hicieren a uno de estos mis hermanos más pequeños… a mí me lo hacen”

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